viernes, 19 de marzo de 2021

Un jardín: Primer encuentro entre Fausto y Margarita.

 

Un jardín: primer encuentro amoroso entre Fausto y Margarita.

                Mencionamos los elementos argumentales estrictamente necesarios, porque no es la finalidad de este libro narrar los hechos, sino explicarlos.

            Mefistófeles ha logrado que la joven se entusiasme con las joyas después de un primer momento de vacilación.  La confidente de Margarita ha sido Marta, una vecina suya.  En el jardín de esta mujer se llevarán a cabo los dos encuentros entre Fausto y Margarita que analizaremos.

            El primero de ellos, presenta un movimiento escénico llamativo, porque Goethe ha querido mostrarnos  simultáneamente dos diálogos: uno, entre los personajes principales, y el otro, entre Marta y Mefistófeles.

            En el desarrollo del comentario nos vemos obligados a separar cada uno de ellos, a los efectos de no perder la unidad del análisis.

            Mencionamos que en el coloquio entre Fausto y Margarita, quien tiene la palabra y la iniciativa sobre los temas, es la joven; pero Fausto resulta el verdadero dominador en el terreno del discurso, porque deja hacer a Margarita para conducirla finalmente a donde él desea.

            En la conversación de la vecina con el diablo, ella es quien habla constantemente y parece  dominar en el plano del discurso; dirige sus argumentos con el fin de atrapar a Mefistófeles por considerarlo una buena opción, pero éste sabe defenderse con eficacia.

            Si comentamos el movimiento dramático que corresponde al primero de los diálogos mencionados, veremos que es Margarita quien comienza a hablar:

            Bien veo, caballero, que sólo para confundirme descendéis hasta mí, obrando en esto como acostumbran hacerlo todos los viajeros.  Es imposible que mi conversación pueda interesar a un hombre tan experimentado como vos. (p. 80)

            La actitud de la joven continúa siendo humilde, pero se manifiesta ahora mucho más abierta y desembarazada que en el primer encuentro en una calle.  Reconoce en él una determinada condición social y por eso le llama "caballero"; de alguna manera esta forma de nombrarlo resulta paralela a la empleada por Fausto cuando le llamó "señorita".  La diferencia entre ambas es sólo de carácter social, porque en este caso es válida y en el de Margarita, no.

 

            Fausto escucha atentamente a su enamorada y se siente muy bien; vive el entusiasmo juvenil de ese amor que hacía tanto tiempo había olvidado.  El destino le está dando una nueva oportunidad; recomienza su existencia con la necesaria juventud, pero al mismo tiempo con una profunda experiencia.

            Él había pedido, en el contexto del pacto, la posibilidad de llegar a sentir lo mismo que todos los hombres, de llevar sobre sus hombros la enorme carga del ser humano.  Empieza justamente donde casi todos comienzan; ésta es una experiencia de joven enamorado, pero le da la opción de involucrarse hasta las últimas consecuencias en el pensamiento y en la acción de los hombres comunes.  En el primer monólogo se manifestaba como un excelente teórico; ahora, le corresponde vivir la práctica.  En el quehacer filosófico, el ser humano llega a comprender que se sufre en cualesquiera de los dominios señalados: la teoría condujo al protagonista a la desesperación de sentirse inútil; la praxis lo dejará más vacío y más angustiado, porque no sólo será él involucrado, sino también otra persona que sufrirá por su causa.

            Margarita se siente indigna de la grandeza de Fausto y no puede admitir que éste se acerque a ella y le hable con tanta ternura.  También piensa que su conversación no llegará a interesarle, dada su profunda experiencia.

            Si conocemos bien a Margarita, sabremos que sus palabras no responden a una falsa modestia, no son elementos que configuren un lugar común en sus discursos; por el contrario, forman parte de lo que realmente piensa y esto, parece agigantarla aún más ante los ojos del experimentado científico.

            Posiblemente, lo que ha llamado la atención de Fausto es la sinceridad con que la joven se expresa.  Hastiado del contacto con un mundo hipócrita y engreído, siente la más profunda admiración hacia alguien que no participa de esa pedantería y que al mismo tiempo reconoce tímidamente sus limitaciones.

            Es posible establecer un paralelo entre Fausto escéptico y angustiado al final del camino y Margarita reconociendo, con la simplicidad de su juventud, que si algo hermoso posee no responde a sus propios méritos, sino a su condición de mujer vital, que ha sabido en todo momento cumplir con sus obligaciones.  En ambos subrayamos la modestia que deriva de un profundo  auto conocimiento; no importa la experiencia del primero y la inexperiencia de la joven: la conclusión es semejante.

            Por todo lo dicho, la respuesta del protagonista configura la clave para empezar a entenderlo en su nueva condición de hombre enamorado.  Él es quien está tras el instante que pueda llegar a ser eterno.  Por eso las cosas sencillas adquieren una dimensión que antes no había llegado a comprender: “Una mirada, una palabra tuya, dicen más que toda la ciencia de este mundo.” (p. 80)

            Profunda reflexión fáustica que contrapone "ciencia" a todo lo inmensamente rico que se encierra en las expresiones de su amada.

            Aparentemente sería ésta una hipérbole de enamorado, muy cercana a la profanación de la ciencia, si no conociéramos la opinión del doctor al respecto.

            Harto ya de encontrarse con miradas vacías, cansado de la inutilidad de la palabra al servicio del saber positivo, es el más autorizado para descubrir en esta mirada y esta palabra, todo lo que la ciencia no ha podido brindarle.  Si la ciencia había dejado su lugar a la magia, en el planteamiento fáustico; ahora, la magia cede terreno ante el tímido avance del impulso enamorado.  Es la búsqueda del personaje que no tiene un punto de reposo; algo le grita que desde la ingenuidad de la joven habla una voz más fidedigna, más auténtica.  Quisiera haber logrado, por fin, el descubrimiento que otorgara paz y armonía a su mundo; en la vivencia de este instante, Fausto ya lo ha conseguido.  Todo consistirá en continuar alimentando la ilusión para que no le suceda lo mismo que con la magia, para que, ahora sí, pueda retener aquello que ha llegado tan claro y tan perfecto hasta él.

            El protagonista besa la mano de la joven.  De esta forma la relación entre ambos se vuelve más directa.  Margarita siente vergüenza y le pregunta:

            ¿Qué hacéis? ¿Cómo podéis besar tan rústica mano? Es mi madre tan exigente, que me obliga a hacer todos los trabajos domésticos. (p. 80)

            Observamos como la atención de la joven no se fija en la eventualidad atrevida de ese beso, sino que, ubicándose en el lugar de quien lo da, pregunta con tímida curiosidad cómo se atreve a besar esa mano rústica.

            Generalmente sucede, cuando pensamos en lugar de otras personas, que nuestra opinión no coincide para nada con la de aquella a quien pretendemos convencer.  La joven siente el peso de algo extraño que empieza a suceder en su mundo y expresa su asombro.  Ella está tan feliz como Fausto, pero el signo de la inseguridad se plantea desde ya, y no la abandonará en todo lo que le resta por vivir.

            Se produce la primera interrupción del diálogo de los enamorados, para dar lugar a la otra plática, que también pretende ser de amor, pero la diferencia estriba en que Mefistófeles rehúye con disimulado espanto tal posibilidad.

            Si retomamos la conversación central, Margarita es quien continúa hablando y es dado suponer que el joven doctor ya ha contestado a la réplica anterior de la muchacha.

            El tema sigue siendo el de la imposibilidad de pensar en una mujer tan humilde para un hombre tan destacado.

            Ahora podemos escuchar la respuesta de Fausto:

            Créeme, querida mía, todo eso que el mundo llama cortesía y ciencia no es más que vanidad y orgullo. (p. 81)

            Ya la primera intervención del enamorado había involucrado un razonamiento filosófico, según el cual, las cosas sencillas de este mundo valen mucho más que las complicaciones de la ciencia.

            En este momento retoma el mismo camino.  Le habla con amor y ternura; la exhorta a recapacitar sobre la vanidad de lo mundano.  En una conceptualización profunda, desdeña aquello que los hombres llaman "cortesía y ciencia".  No son más que máscaras que ocultan la verdadera faceta de cada uno de nosotros.  La vanidad y el orgullo se han enseñoreado de la tierra y el hombre es capricho constante en medio de este universo que se presenta en abierto desacuerdo con él.

            Margarita no está en condiciones de entender los razonamientos de Fausto.  Al igual que Wagner y sólo en un sentido, ella también tiene algo de dogmática.  El discípulo del protagonista manifestaba su dogmatismo después de haber estudiado las ciencias; Margarita lo es también, pero únicamente en el enfoque de las cosas sencillas de la vida, de todo aquello que la práctica de cada día le ha ido mostrando.

            Por eso, su parca intervención sólo sirve para que el científico continúe expresando su rica opinión:

 

            La sencillez y la inocencia, ¿no se conocerán nunca a sí mismas y el santo valor que poseen?  ¿Por qué la modestia, la humildad, esos dones supremos que la Naturaleza distribuye en su liberalidad...? (p. 81)

            Fausto tiene presente en estos razonamientos a los hombres sencillos, a los aldeanos que visitó acompañado por Wagner.  En ellos volvió a descubrir lo que la ciencia le había ocultado durante tanto tiempo.  Y en este instante reubica el problema, le da su auténtico valor.

            La joven parece perder por momentos el hilo del discurso fáustico, y pronuncia las primeras palabras de amor que representan un auténtico canto de gloria para el novel enamorado:

            Pensad en mí un instante, ya que no me ha de faltar a mí tiempo para pensar en vos. (p. 81)

            Este pedido refleja nuevamente su modestia, pero al mismo tiempo está dicho con inmensa ternura.  La enamorada necesita saber que la persona a quien ama, piensa en ella aunque más no sea un instante.  Ese mismo amor se alimenta de segundos que pueden llegar a ser tan válidos según el carácter de la entrega que manifestemos en ellos.

            Fausto está frente a frente con un hermoso cuerpo y con un alma angelical; esto lo ha entendido desde las primeras palabras del diálogo.  El problema consiste en saber cuál de las dos fuerzas que anidan en el protagonista, han de prevalecer: lo dionisiaco o lo apolíneo.  La respuesta no es tan simple por la múltiple interacción de ambas potencias.  Es obvio que la intención inicial del joven doctor para con Margarita, conlleva un deseo sexual demasiado evidente: así lo pudimos constatar en la escena de la calle.

            Cuando Fausto le pregunta: "¿Acostumbras estar sola?", esta interrogación da lugar al discurso de la joven que tiene como finalidad ubicar al protagonista en lo que es su pequeño mundo.  Margarita aparece así como la mujer romántica por excelencia -ya lo habíamos señalado- y en este momento se define y se caracteriza como tal.  Dice:

            Sí; nuestro ajuar, aunque pequeño, es preciso cuidarlo.  Además, no tenemos criada, y debo guisar, hacer calceta, coser y salir mañana y tarde; ¡es mi madre tan cuidadosa y puntual en todo!  Y no es que su posición la obligue a obrar de este modo; al contrario, podría muy bien prescindir de ello, por habernos dejado mi padre un haber regular, una casita y una pequeña huerta fuera de la población.  Con todo, paso ahora días muy tranquilos; mi hermano es soldado, y mi hermana murió, después de haberme dado, pobre niña, muy malos ratos.  ¡Ojalá pudiese aún dármelos!  ¡Me era tan querida! (p. 81)

            Son varias las nociones expresadas.  En primer lugar, se impone la idea de una nostálgica soledad.  Sólo conviven dos mujeres en la casa y Margarita desempeña las tareas domésticas.

            Da características de su madre quien aparece ante nosotros como una persona exigente y al mismo tiempo algo cansada y enferma.

            La situación económica es desahogada.  En el orden familiar, un hermano soldado que nunca está en la casa y el recuerdo de la hermanita muerta, acaparan toda su atención.

            Fausto ingresa así, en el terreno del conocimiento teórico, al microcosmos de la joven.  Empieza a involucrarse con él, y es preciso establecer un paralelismo entre este mundo que conocemos hoy y aquél que encontraremos en la escena de la cárcel.

            Fausto, en su condición de hombre, sabe de su responsabilidad.  Por eso, cuando va a la cárcel a rescatar a Margarita, ya no queda nada del pequeño universo que ella le había ofrecido con todo su amor: el único culpable es el ambicioso doctor.

            El discurso analizado, permite a Margarita continuar hablando de su hermana muerta; lo expresado revela en ella su condición maternal y nos permite comprender el alto grado de desesperación en que llegará a encontrarse cuando mate a su propio hijo.

            Su relato se llena de nostalgia y aparece diversificado en dos discursos: en el primero de ellos subraya la situación en que se hallaban al morir su padre y cómo se hizo cargo de la hermana, porque su madre no estaba en condiciones de ocuparse de la criatura.  Margarita sufrió mucho en este tiempo, porque no sólo peligraba la vida de la niña, sino también la de su progenitora.  Finalmente la madre mejoró, pero la pequeña no corrió la misma suerte.

            Fausto interviene brevemente para dar lugar al segundo discurso de la joven: “Sin duda experimentaste entonces la dicha más pura.” (p. 82)

            Margarita responde:

            Sí, en efecto; pero también pasé, en cambio, horas de amargura.  La cuna de la niña estaba colocada de noche junto a mi cama, y apenas la niña se movía ya estaba yo levantada; preciso me era entonces darle de beber, acostarla conmigo y, si no callaba, pasearla hasta el amanecer, tiritando de frío; y sin embargo, tenía al amanecer que ir al lavadero, a la compra y cuidar la casa, sin que un solo día pudiese prescindir de hacerlo.  Ya veis que la cosa no era para estar muy alegre; pero al menos con ello se encuentra más gustosa la comida, más grato el reposo. (p. 81)

            Los sacrificios pasados en la entrega a su hermana enferma, nos permiten observar el alma abnegada de Margarita.  Noches sin dormir, noches de frío, pero todo con la finalidad de ayudar a su madre y salvar a su hermana.

            Es muy importante lo que la joven dice al concluir su discurso. El hombre puede trabajar intensamente, entregarse a duras labores hasta el cansancio; pero en última instancia lo que más interesa es un alma en paz consigo mismo.  Se come mejor y se descansa mejor después de un sano agotamiento.

            Fausto puede entenderlo más que nadie; él también se entregó sin vacilaciones a sus ingratas tareas, pero, a diferencia de su amada, no ha alcanzado la paz espiritual.  Un alma sencilla puede ser más feliz en medio de sus propias preocupaciones si éstas saben sobrellevarse, si se les encuentra un verdadero sentido.  Es parte de la condición humana que da lugar a la reflexión filosófica, que recuerda el pensamiento místico del renacimiento europeo.  Decía Fray Luis de León en su Oda I:

            Ténganse su tesoro

                los que de un flaco leño se confían:

                no es mío ver el lloro

                de los que desconfían

                cuando el cierzo y el ábrego porfían. [...]

 

                A mí una pobrecilla

                mesa de amable paz bien abastada

                me baste, y la vajilla

                de fino oro labrada

                sea de quien la mar no teme airada.[75]

            Llegamos a la segunda interrupción del diálogo analizado.  Los dos enamorados pasan y se puede volver a escuchar la plática de Marta y Mefistófeles.

            La parte final del coloquio entre Fausto y Margarita se plantea en un tono claramente amoroso.  Hablan del momento en que se conocieron.  Fausto presenta una disculpa por el atrevimiento de ese día, pero Margarita, lejos de estar ofendida, se siente halagada y vive la alegría de poder platicar frente a frente con el hombre a quien empieza a amar intensamente.

            Tanto la poesía como la filosofía bien pueden ocuparse de las cosas sencillas.  Ambas se alimentan de circunstancias individuales y entremezclan sus aportaciones.  Por esto resulta de una belleza ingenua y al mismo tiempo muy pura, el momento en el que la joven coge una margarita y comienza a deshojarla.

            Fausto - ¿Qué es lo que estás haciendo?  ¿Un ramillete?

                Margarita - No, un simple juego.

                Fausto - ¿Cómo?

                Margarita - Vamos, os reiréis de mí.

                (Deshoja el ramo y murmura en voz baja)

 

                Fausto - ¿Qué murmuras?

                Margarita - (a media voz) - Me ama ... no me ama...

                Fausto - ¡Oh criatura celestial!

                Margarita - (continuando) - Me ama ... no me ama... (Arrancando la última hoja, con alegría)  ¡Me ama!

                Fausto - Sí, hija mía; deja que la voz de una flor sea para ti el oráculo de los dioses.  ¡Te ama!  ¿Comprendes lo que indica? ¡Te ama!

                (Toma sus dos manos) (p. 83)

            Es éste el momento de entregarse de lleno a la alegría de vivir el amor.  Una actitud espontánea y al mismo tiempo muy tierna, conduce a la joven a este juego.  Fausto no sabe qué está haciendo.  Ha olvidado la significación lúdica de ciertos hechos.  Y al observar lo que lleva a cabo su amada, se siente transportado a un verdadero paraíso de amor.  Es el encanto de una flor; y es, simultáneamente, la pregunta formulada en el secreto de la confidencia.  Hay mucho de mágico en este acto y precisamente, por eso también, hay mucho de poesía.  Se trata del canto sencillo a la vida; de dar significación a hechos que pueden no tener la seriedad de la ciencia, pero que son portadores de un mensaje humanamente profundo.

            El último parlamento de Fausto que hemos transcripto, nos conduce a una forma de discurso poco frecuente en el contexto acostumbrado por el científico. 

            Esa flor puede hablar, al igual que en otras épocas lo hicieron los oráculos de los dioses.  Ella, mejor que nadie, puede responder a la pregunta.

            En este momento domina el alma superior del protagonista.  El equilibrio apolíneo se impone y la relación naturaleza-hombre resulta más válida que nunca.

            Fausto está en paz consigo mismo -al menos en este instante- y se deja llevar por el juego amoroso.  Vive la plenitud soñada y se nos ocurre pensar en el violento contraste planteado por la eventual relación entre este pasaje y la escena de "La taberna de Auerbach".

            Margarita está temblando por la emoción y el protagonista continúa hablando:

            ¡Ah, no te estremezcas!  Que esta mirada y este apretón de manos te digan lo que no puede expresarse.  Entreguémonos sin reserva al goce de una dicha eterna, eterna...!  Su fin sería la desesperación!  ¡Que no tenga fin, pues!  ¡Que no tenga fin! (p. 83)

            Increíblemente nos encontramos ante el minuto fugaz que el personaje  desearía congelar por haber obtenido en él la plenitud tan buscada.  Fausto vive en la dimensión de su eternidad.  Exhorta a la amada a entregarse sin reserva al goce común.  Y, en medio de una explicable desesperación, no quisiera que este momento terminara.

            No debemos olvidar el segundo discurso de Fausto en el pacto con Mefistófeles: "Si una sola vez llego a decir al momento que pasa, '¡qué hermoso eres, no te vayas, permanece!', ¡ah!, podrás atarme con cadenas". (p. 43)

            Y precisamente es lo que el protagonista está diciendo ahora:  "¡Que no tenga fin!"  Ha sucedido algo totalmente fuera de lo previsto.  El personaje ha llegado a su clímax en la relación con Margarita.  Este momento culminante no se lo han proporcionado ni las pasiones ni el impulso irracional, sino todo lo contrario.   En el dominio de lo apolíneo Fausto está a punto de alcanzar la plenitud; pero, no sucede así.  No le fue posible eternizar el momento, se le escapó de sus manos en ese mismo instante; estuvo a punto de perder su alma, pero, en la conceptualización goetheana, esto no puede acontecer, porque perder a Fausto sería condenar a toda la humanidad que él representa.

            De esta manera va tras Margarita quien huye continuando su juego, y concluye así el diálogo entre ambos.

            Ya son el uno para el otro; ya han descubierto que se pertenecen.  Todo lo que suceda de ahora en adelante, acontecerá en el libre juego de ese mismo amor.  Pero, conviene insistir, a medida que avanzan las acciones, el alma inferior de Fausto comienza a predominar y el espíritu apolíneo pasa, poco a poco, a un segundo plano.

            El fervor que lo condujo al clímax en la relación de amor, resulta olvidado.  Ya nada importante pasará como para desear eternizar el minuto fugaz.

            Ahora bien, debemos analizar algunos aspectos del diálogo entre Marta y Mefistófeles, de acuerdo a lo explicado al iniciar el comentario.

            Ambos personajes tienen mucho en común.  Las experiencias vividas en situaciones concretas los identifica.  A los dos les gusta lo práctico y no pierden tiempo en especulaciones ingenuas.  Ciertamente, Fausto y Margarita son muy diferentes; se trata de dos personas que se buscan en el terreno afectivo.  Marta y Mefistófeles no podrán encontrarse jamás aunque las intenciones de la mujer van dirigidas en ese sentido.

            El diálogo entre la vecina y el diablo presenta facetas picarescas.  Se adivina la curiosidad de Marta desde que empieza a hablar: "¿Con que viajáis continuamente?" (p. 81), le dice; y él responde con evasivas.  Hace referencia a sus continuos viajes y al hecho de no permanecer mucho tiempo en los lugares adonde arriba.

            La mujer comienza su labor de convencimiento al hablarle de la necesidad de estabilizarse que toca al hombre cuando llega a determinada edad.  Afirma: "Pero llega una edad en que el tener que arrastrarse solo hacia el sepulcro, en el celibato, ha de ser muy triste". (p. 81)

            Las reflexiones de Mefistófeles en los correspondientes "aparte", aparecen pletóricas de ironía y mueven a la risa si nos imaginamos al demonio a punto de ser atrapado por esta ansiosa mujer:

            Mefistófeles (aparte) - Ya empiezo a entreverla

                con espanto. (p. 81)

            En el segundo momento del diálogo, la vecina inicia una serie de consideraciones en torno a la soledad del ser humano cuando está cerca de la muerte.  Dice conocer la solución para este problema; naturalmente dicha solución está en el matrimonio, que indirectamente le sugiere al demonio.

            Como el juego escénico ya comentado corresponde a una necesidad de plantear no sólo los contrastes entre las parejas, sino también mostrar las diferentes actitudes ante el mundo, se comprenderá la necesidad de explicar estas  distintas posturas.  Para Mefistófeles la vida presenta un carácter eminentemente lúdico; él mismo está apostando con Dios para perder el alma de Fausto.  Marta busca romper la soledad en que se encuentra y actúa como la clásica mujer solterona que desea atrapar a quien sea con tal de asegurarse un futuro.  Fausto ya sabemos que ha vivido interrogándose sobre la existencia y la muerte, pero parece que ha llegado el momento en que sus pasiones apuntan hacia otra dirección.  Margarita es la menos especuladora de los cuatro: actúa con esa cándida sencillez y representa un canto a la vida espontánea y una manifestación de conciencia tranquila. 

            Cuando concluye el primer encuentro amoroso entre Fausto y Margarita, Mefistófeles se siente doblemente tranquilo; por un lado, porque ha conseguido eludir los asedios de Marta, y por otro, porque ya ve encaminadas las situaciones en la dirección que Fausto quería.  Sólo hace falta un poco de tiempo para lograr vencer la casta resistencia de la joven.

            Si el doctor fluctúa entre las pasiones del carpe diem y la inclinación hacia lo apolíneo, Mefistófeles constituye la representación de lo dionisiaco; lo señalamos así, porque la manifestación dionisiaca es, a su manera, un canto a la vida sensual; en el caso del demonio goetheano, este canto no existe como forma de expresión independiente, sino para actuar en favor de su propia causa.  Mefistófeles es un espíritu de la negación que tiene algo de Dionisos, pero que no se identifica plenamente con él.

               El análisis del segundo encuentro amoroso entre Fausto y Margarita, nos involucra con una problemática diferente.                                                         



    [75] Fray Luis de León. Poesías, Ángel Estrada Editores, Buenos Aires, 1946, pp. 47-48.

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