viernes, 19 de marzo de 2021

Monólogo de Fausto en el cuarto de Margarita.

 

Monólogo de Fausto en el cuarto de Margarita.

 

            Debido al marcado carácter filosófico que predomina en el drama, el monólogo resulta uno de los recursos más válidos en el orden conceptual, porque permite al personaje expresarse clara y sinceramente.  En la intimidad de su ser, nos dice su verdad.

            Fausto está solo con su conciencia; el antecedente necesario para esta escena, está dado por el primer encuentro con Margarita.  Observa a su alrededor y cuando creíamos que iba a reaparecer aquel sentido erótico expresado en la escena anterior, todo se vuelve muy diferente.

            Predomina el espíritu apolíneo representado por el alma superior de Fausto; ha llegado a este lugar con otras intenciones, pero algo que no puede explicarse en seguida, lo conduce al dominio espiritual mientras olvida las pasiones dominantes del primer encuentro.

            El protagonista es un hombre romántico, por lo tanto marcadamente fluctuante.  Este monólogo tiene el carácter de una reflexión previa a las acciones comprendidas en la "Tragedia de Margarita".  Desde sus primeras palabras comprendemos que algo sucede en Fausto; ciertamente no es el mismo: “¡Salud, dulce crepúsculo, que penetras en este santuario; ven a mi corazón, grata pena de amor, que te nutres dulcemente del rocío de la esperanza!}” (p. 70)

            Llama "santuario" al humilde cuarto de la joven e invoca al crepúsculo; de esta forma establece la relación entre la naturaleza y el ambiente cerrado de esa habitación.  Recordamos el gabinete de estudio, también cerrado, pero en este recinto parece que la naturaleza ha penetrado sin necesidad de ir por ella.  El lugar se llena con la presencia espiritual de Margarita, descubierta en todos y cada uno de los elementos que aquí se encuentran.  El personaje refiere su discurso inicial al tema del amor y la esperanza.  Su lenguaje es metafórico y al mismo tiempo refleja, valga la redundancia, la pequeñez de su microcosmos.

            Todo está lleno de paz, de amor, de naturaleza.  Corroboraremos inmediatamente, que el único extraño es el propio Fausto.

            Al mismo tiempo, el protagonista va descubriendo de manera paulatina, ese mundo hermoso que pertenece a la joven y en el cual él se involucrará a partir de hoy:

            ¡Cómo respira todo aquí paz, orden y contento!  ¡Cuánta abundancia en esta pobreza, cuánta dicha en este calabozo! (p. 70)

            Las consideraciones comienzan a revestirse paulatinamente de un carácter filosófico, al mismo tiempo que renace la vieja problemática fáustica.  No se necesitan grandes palacios ni tesoros incontables para acceder a la felicidad.  El empleo del doble oxímoron reflejado en la traducción que manejamos, constituye un indicio claro de la ajenidad del protagonista en relación con este mundo. 

            Después de descubrir las características del ambiente mediante la enumeración de vocablos significativos: paz, orden y contento; resalta el contraste entre los términos polarizados: abundancia-pobreza, dicha-calabozo.  ¡Cuán compleja es la condición humana!  Semánticamente la abundancia que impera en medio de la pobreza alude a la faceta espiritual que se complace de vivir en paz.  También puede haber dicha en lo que aparece como un verdadero encierro.  Todo consiste en estar en armonía con uno mismo.  La naturaleza puede llegar a ser nuestra aliada en esta búsqueda, pero debemos aceptar la complejidad de nuestro ser; reconocer, como se ve obligado a hacerlo Fausto, que la verdadera dicha está en nosotros y que él no es feliz, porque nunca aprendió a valorar la trascendencia de los pequeños momentos.  Su alma de súper hombre le exige más allá de lo que nadie pueda darle y al ver esta habitación llena de la presencia del espíritu placentero, comprende la magnitud de su propio problema.

            Sentado en un sillón continúa su monólogo:

            ¡Recíbeme, oh tú, que has tenido los brazos siempre abiertos para recibir a las pasadas generaciones, tanto en su dolor como en su alegría!  ¡Cuántas veces los niños en tropel se habían suspendido en derredor de este trono patriarcal!  Acaso mi amada, llena de agradecimiento por la alegría de la Navidad, se habrá inclinado aquí más de una vez, con sus frescas mejillas de niña, a besar, piadosa, la mano arrugada de su abuelo. (pp. 70-71)

            Recrea situaciones pasadas con fundamento en lo que puede ser su propia experiencia de hombre.  Alude al constante devenir de la vida, a las generaciones que pasan, al tiempo que transcurre implacable.  Los términos antitéticos continúan rigiendo el desarrollo conceptual del monólogo: pasado-presente, dolor-alegría, presencia-soledad.

            Y en medio de todo ese movimiento, la mujer amada y un momento trascendente: el de la Navidad, con todo lo que esta fecha conlleva de alegría y nostalgia simultáneas.  Observemos que la incorporación de Margarita al contexto, no se da en términos eróticos, sino todo lo contrario; ella es la imagen de la niña candorosa que se acercaba a besar la mano rugosa del abuelo.

            Sigue la determinación de ciertas características de la amada que nos permiten observarla como una mujer romántica:

                                    Siento vagar en torno mío, ¡oh hermosa niña!, ese

                                                espíritu de economía y de orden que te instruye cada día como una tierna madre, que te inspira el modo cómo debe tenderse el tapete sobre la mesa, y te indica hasta la manera de esparcir la arena sobre el pavimento.  ¡Oh mano amada, mano divina, por la cual la cabaña se ha convertido en paraíso! (p. 70)

            El ideal de belleza romántico, ha sido muy mal interpretado a través del proceso literario.  Goethe planteó claramente cuáles deberían de ser estas características.  Sobresale esa capacidad para estar al frente de una casa haciendo gala de un espíritu doméstico, de orden, de una actitud maternal, que la ubique no sólo en su condición de mujer, sino también en su situación de custodia permanente del hogar.

            Se detiene asimismo a contemplar el lecho y siente que un extraño delirio se apodera de él.  En ese lugar, la Naturaleza terminó de completar la obra de ese ángel divino que es Margarita.  Ubicamos la conceptualización religiosa monista de Goethe:

            Ahí fue, ¡oh Naturaleza!, donde en dulces sueños completaste aquel ángel nacido de la tierra; ahí donde reposa aquella niña, cuyo tierno seno palpita de calor, de vida; ahí en donde una pura y santa actividad se desenvolvió la imagen de los dioses! (p. 70)

            Retomamos el concepto Dios-Naturaleza.  Dios es el creador inmanente de todos los seres; es decir, todo se desprende de Él, y no permanece ajeno a la creación.  De esa forma ha creado la dulce realidad que es Margarita, la ha conservado y la ha perfeccionado.  Ella es parte de Dios al igual que lo es Fausto, y de la misma manera se da la coparticipación del universo entero.      Es preciso que el protagonista alcance a comprender la perfección de la joven como derivada del don supremo de la divinidad.  En la medida en que acceda a este conocimiento, será consciente del triste papel que le tocará cumplir en la vida de la muchacha.

            En cierta forma ya lo presiente, cuando interrumpe su monólogo para interrogarse a sí mismo, para interpelarse acerca del papel que está cumpliendo en este momento.

 

            El desdoblamiento de la persona que habla se produce cuando ha llegado a captar con toda su fuerza la presencia del alma de Margarita en esta habitación.  Esta presencia espiritual lo llena todo, y los acentos sensuales de Fausto, parecen no tener ningún sentido en este ambiente.

            Y a ti, ¿quién te ha conducido aquí?  ¡Cuán profunda es la emoción que siento!  ¿Qué vienes a buscar aquí?  ¿Por qué de este modo se oprime mi pecho?  ¡Miserable Fausto,  ya no te reconozco! (p. 70)

            El discurso presenta un movimiento dramático que se desplaza del "tú" al "yo".  Observemos cómo los enunciados fluctúan entre estas dos personas gramaticales: el primero de ellos plantea el desdoblamiento: se dirige a un "tú" que es él mismo.  El segundo, vuelve a expresarse en primera persona y así, alternadamente, continúa dándose en las tres restantes oraciones.

            El fragmento citado comienza en el entorno del mencionado desdoblamiento y concluye de igual manera.  El protagonista se recrimina duramente.  A parte de considerarse un extraño, parece perder, por momentos, la idea de localización individual.  Sus preguntas conllevan un hondo carácter existencial, un inmenso reproche a su condición de intruso.

            El discurso analizado aparece integrado por oraciones interrogativas y admirativas.  Las interrogativas son de carácter retórico, puesto que él conoce demasiado bien la respuesta.  Las admirativas son portadoras de la reflexión y, sobre todo la última, formula el hondo reproche: "¡Miserable Fausto, ya no te reconozco!" 

            Esta necesidad de permanente revisión crítica que el personaje impone a cada uno de sus actos, se enmarca en un quehacer filosófico característico de Goethe.  El hombre es el mejor evaluador de sus propias acciones y es también el mejor juez.

            Fausto intuye desde ya el sacrificio de Margarita, pero nada podrá impedirlo; ni siquiera su propia vacilación lo alejará del camino de la acción que ya ha resuelto tomar.

            Vive intensamente la pequeñez de sus acciones.  Se siente un ladrón en ese ambiente de beatitud, un intruso en la paz del hogar, un desconocido, incluso para sí mismo.

            La fluctuación romántica se lee en sus palabras: "¡Ávido corrí tras los placeres, y ahora me pierdo en amorosos sueños!" (p. 70)  Como lo reconoce el propio personaje, el hombre es juguete en manos del destino: "¿Si seremos juguete de cada viento que sople?" (p. 70); hace unos momentos deseaba el cuerpo virginal de Margarita y ahora, prendado de su espíritu, siente lo marcadamente censurable de su aspiración anterior.  Lo golpea en lo más hondo, sufre, se desespera; en fin, quiere abandonar el lugar lo antes posible, porque no desearía que en ese momento ingresara la joven.

            Mefistófeles viene a recordarle que es hora de irse.  Dejará una cajita con joyas para tentar a Margarita.  Fausto titubea, pero el diablo se encarga de convencerlo.

            Hemos llegado así al final del análisis de este monólogo que contrasta claramente con la escena de la calle.  Lo pasional dionisiaco de la escena anterior ha sido sustituido por el equilibrio espiritual que deriva de la conceptualización apolínea predominante en el segundo texto.

            Pero, el problema quedará latente en Fausto.  Ha enfrentado el dualismo de su ser en dos momentos diferentes: el cuerpo y el alma le han exigido en direcciones contrarias y el personaje vive la magnitud de su conflicto.  Este dualismo seguirá presente en las escenas de la "Tragedia de Margarita", adelantando que triunfará el sentimiento dionisiaco en bien de la acción que conlleva la búsqueda fáustica.

            Se retiran ambos personajes y Margarita regresa a su habitación sin sospechar lo que el destino le tiene preparado.

           

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