viernes, 19 de marzo de 2021

La filosofía de Goethe.

 

 

                                       I

 

                                                    LA FILOSOFÍA DE GOETHE

 

            Es necesario reconocer la condición independiente de pensamiento que caracterizó a Goethe durante toda su vida.  Esto no significa que desconociera la filosofía de sus contemporáneos y que dejara de lado las tendencias que desde Grecia, primordialmente, influían en el pensamiento del siglo XVIII alemán.

            Hombre de su época, incansable estudioso de todas las disciplinas, se caracterizó en lo individual por una entrega abiertamente optimista, basada en la lucha continua.  Pero, conocedor de los posibles e inevitables fracasos del hombre, nunca se dejó derrotar por ellos, y ese marcado dinamismo de la acción febril es rasgo distintivo de su persona.

            Lo dicho anteriormente no excluye los momentos de desazón y de descorazonado escepticismo; pero supo encontrar siempre nuevos caminos.  Un don de gente característico de Goethe lo llevó a viajar por numerosas ciudades y a relacionarse, mediante una amistad profunda, con hombres de la talla de Juan Gaspar Lavater, Friedrich Jacobi y posteriormente con el poeta filósofo Friedrich Schiller.  Cada uno de ellos, por mencionar sólo estos tres primeros —fueron muchos más—, dejaron una huella en la sensibilidad creadora del autor, o por lo menos una marcada inquietud.

            Se ha escrito mucho en torno al problema de la ubicación de Goethe como poeta o como filósofo.[1]  Una de las finalidades perseguidas en el presente estudio, atiende precisamente a un intento más independiente, más libre, de caracterización del autor; probablemente —nos atrevemos a afirmarlo—, como lo hubiera deseado el propio Goethe.

            Asimismo, sostenemos en este trabajo que poeta[2] y filósofo no son términos excluyentes, sino que pueden resultar perfectamente complementarios.

 

            Goethe no llegó a crear un sistema filosófico, no inauguró ninguna escuela, pero su vida refleja a cada instante no sólo influencias de los grandes pensadores de su época y de sus antecesores, sino también —y es lo más importante—, una asimilación de este pensamiento que se reflejó en su existencia y en su obra.  La tarea crítica consiste precisamente en desentrañar la filosofía goetheana, en descubrir la lucha incesante de este hombre por hacer mejores a sus congéneres, por encontrar la verdad, y todo esto partiendo de un profundo respeto ante personalidades como Spinoza, Pascal, Bruno, Herder, Wolf, Kant...  Y digo profundo respeto, porque no siempre estuvo de acuerdo con los planteamientos de cada uno de los nombrados, sino que muchas veces discrepó con ellos; el éxito en la lectura y asimilación de distintos pensadores fue llevado a cabo con el equilibrio del genio y con la mesura de quien busca respuestas y sabe qué propuestas debe rechazar y cuáles aceptar.

            Paralelamente, la forma de asimilación del pensamiento filosófico se presentó sui generis en Goethe.  A lo largo de sus obras, y concretamente en el Fausto —motivo particular de análisis en el presente trabajo—, notamos sus propuestas filosóficas, su postura frente al mundo y por momentos nos sentimos inclinados a llamarle spinozista, panteísta o kantiano en algún sentido, para concluir que los esquemas cerrados no se inventaron para hombres como Goethe: él no corresponde a ningún sistema específico, pero es subsidiario de muchos; en los diferentes momentos de su vida, su pasión lo llevó de pronto al estudio de un filósofo, adoptó algunas de sus propuestas, lo abandonó después para interesarse por otro, en fin, llegó a retornar en su vejez a planteamientos de la juventud; pero siempre lo hizo con ese afán de búsqueda que lo diferenció notablemente.

            En este capítulo haremos referencia a determinadas influencias que actuaron sobre Goethe y la manera de incorporación de las mismas.  Paralelamente analizaremos los temas de la filosofía goetheana con apoyo en el Fausto y de acuerdo con los límites conceptuales establecidos en la investigación.

 

 

                        SPINOZA Y GOETHE

            La relación personal de Goethe con el filósofo Friedrich Jacobi (1743-1819), lo acercó verdaderamente al pensamiento spinozista.  Juntos discutieron sobre la conceptualización del Dios-Naturaleza:

¿Cuál era el asunto habitual de esas conversaciones de Pempelforf, cuyo inmortal recuerdo se nos ha transmitido?  Era, ya lo sabemos, la doctrina de Espinosa [sic].  Más avanzado que él en la meditación filosófica y hasta en el estudio de Espinosa, Jacobi procuraba dirigir, ilustrar los esfuerzos de su joven amigo hacia su definitiva liberación.[3]

            La posición histórica del spinozismo y su planteamiento de una religión metafísica, nos obliga a subrayar algunas de las posibles influencias del pensamiento filosófico del renacimiento en el autor judío.  Al respecto dice Carlos Gebhardt:

La filosofía de Spinoza era considerada antes, sobre todo por influencia de la interpretación hegeliana, como una continuación de la filosofía de Descartes [...]  Investigaciones posteriores demostraron que también muchas otras influencias determinaron el desarrollo de su filosofía.  La filosofía del amor, de León Hebreo, ha influido no sólo sobre su metafísica, sino también sobre su teoría del conocimiento. [...] Su teoría del método se orienta en Bacon.  De Hobbes ha tomado no sólo los rasgos fundamentales de su teoría del Estado, sino también la idea del instinto de conservación como expresión de su dinamismo metafísico.[4]

                Entre las obras póstumas de Benedicto de Spinoza sobresale Ethica ordine geometrico demonstratra,[5] considerada la más importante.  Es ésta la que influyó en forma notable en el pensamiento goetheano: la estudió, la asimiló a su modo y le dio una interpretación que no puede considerarse necesariamente spinozista.

            Es preciso estudiar algunos de los planteamientos de Spinoza en su Ética, para poder relacionarlos con el pensamiento de Goethe.

            Spinoza es un escritor monista, es decir, admite un único género de substancia.  Justamente, la noción más importante de la conceptualización del escritor judío, se relaciona con el concepto de substancia.  Afirma que hay una sola substancia y la denomina substancia divina infinita, la cual resulta identificada con la naturaleza; Deus sive Natura, Dios o la Naturaleza.

            En la Ética encontramos, en las definiciones iniciales, la de substancia.  El estilo de Spinoza resulta definido por la forma geométrica de exposición.  La obra mencionada está dividida en cinco partes.  Entre las ocho definiciones seguidas por siete axiomas, nos interesa subrayar la tercera:

Por substancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí: esto es, aquello cuyo concepto no ha menester del concepto de otra cosa por el que deba formarse.[6]

            La independencia semántica del concepto substancia es fundamental.

            Del mismo modo, ha de llamar la atención del autor de Fausto, la idea central de la unidad de Dios y Naturaleza en una sola substancia infinita.

            Con respecto al tema de Dios Spinoza sostenía que debe evitarse determinar nada en Dios, puesto que hacerlo sería limitarlo y destruirlo.  Lo infinito es todo; no hay nada fuera de la substancia; el ser infinito es todo el ser; en fin, Dios y el mundo son un solo y mismo objeto concebido bajo dos aspectos diferentes.  Existe un orden universal que no tiene nada de arbitrario y que depende de ese mismo Dios y parece pedir al hombre un culto razonable exigiéndole al mismo tiempo que se someta a la divina fatalidad.

            Spinoza plantea así un concepto de Dios que se fundamenta en un desarrollo temático que da unidad a su pensamiento en torno a este aspecto:

Este concepto central es para Spinoza la convicción de la inmanencia de Dios en el mundo.  Mientras la convicción de la trascendencia separa a la divinidad del mundo y la relega a un más allá, para la convicción de la inmanencia la divinidad es inherente al mundo, de modo que la unidad del ser no está escindida por ningún abismo metafísico.[7]

            El pensamiento goetheano de Dios conlleva la misma idea de unidad entre Dios y la Naturaleza y anuncia así la conceptualización panteísta que será retomada más adelante en el presente trabajo.

            Paralelamente, a pesar de los estudios de Spinoza sobre Descartes, no podemos inferir que el escritor judío-holandés llegase a su idea metafísica central por el camino cartesiano: resulta bastante difícil compaginar el dualismo cartesiano con el monismo spinozista en relación con este tema.

            Históricamente el monismo panteísta de Spinoza parece ser el resultado del estudio de ciertos escritores judíos que llamaron su atención antes que Descartes.  En su juventud, el filósofo llegó a considerar insostenible la idea de un Dios personal, trascendente, que creara al mundo por acto de libre voluntad.

            Por esto, el pensador holandés sostiene en su sexta definición:

Por Dios entiendo un ente absolutamente infinito, esto es, una sustancia que consta de infinitos atributos de los que cada uno expresa una esencia eterna e infinita.[8]

            La influencia de Giordano Bruno en Spinoza es notoria y por lo tanto lo será también en el pensamiento goetheano.

            El filósofo italiano había planteado la doctrina de la naturaleza juntamente con un retorno al neoplatonismo y a la magia.  Es ésta una verdadera religión de la Naturaleza que dejaría sus huellas en Goethe.  Bruno llega a distinguir así una doble infinitud: la de Dios y la del Universo; se observa la omnipresencia de Dios y simultáneamente su identificación con cada una de las partes del mundo, mientras que el Universo está todo en todo, pero no en cada parte.  Dios es entendimiento del mundo, pero al mismo tiempo simulacro corpóreo del mundo.

            En el planteamiento de Giordano Bruno aparece patente la crítica a la concepción cristiana de la divinidad que tantos problemas le acarrearía en su época.

            Si continuamos con el análisis de la relación de ambos pensadores: Spinoza y Goethe, lo primero que nos sorprende —hasta cierto punto al menos—, es el marcado contraste entre los planteamientos de uno y otro.

            1. El propio Goethe subraya esa antinomia de su enfoque filosófico y hace referencia a la calma de Spinoza que contrastaba con la vehemencia propia.

            2. El método matemático del holandés no parece encontrar un equivalente en el desarrollo conceptual del autor del Fausto.  Pero Goethe sabe extraer de ese método no sólo el rigor del planteamiento, sino una admiración profunda hacia alguien que se opone a su carácter poético, pero que concomitantemente le permite reconocer que de los contrastes muchas veces nace la luz que identifica.

            3. En términos griegos, existiría una especie de simpateia entre ambos caracteres.[9]  Se trata de un acercamiento intelectual y una identificación al mismo tiempo que no puede negarse al revisar el planteamiento goetheano.

            4. Confirmando los puntos anteriores, es necesario hacer notar la diferencia de estilo, planteamiento y concepto entre la Ética y el Fausto.  Desde el primer monólogo, el alemán se mueve dentro de un escepticismo muy marcado.  Enfrentado al problema del conocimiento, no puede soportar su inutilidad y se rebela abiertamente. 

            En oposición a ello, Spinoza recurre a un planteamiento dogmático que es reflejo de su seguridad ante las diversas cuestiones que defiende.

            A manera de síntesis de los cuatro puntos anteriores, consideramos fundamental la cita de Edme-M Caró quien sostiene:

Así, todo en Espinosa parecía deber ser antipático al genio de Goethe: el espíritu dogmático, el método de exposición, el sistema.  ¿Qué más contrario a las afirmaciones y las fórmulas de la Ética a la pasión de Goethe por la libertad ilimitada en materia de ideas, al orgullo que tuvo siempre en mantenerse independiente enfrente de toda filosofía, a aquel hábito de ironía respecto de los sistemas que, juguetes de la misma ilusión, se pretenden todos sucesivamente en posesión de la verdad absoluta y no cesan, desde que el hombre piensa, de errar en el círculo de una contradicción eterna?[10]

                                                                                         Interpretación de Spinoza según Goethe

            No encontramos manifestaciones de Goethe que hagan referencia al concepto de substancia, por ejemplo, ni a casi ningún otro aspecto del sistema individual de Spinoza.  Las ideas que Goethe va a utilizar del filósofo judío son mucho más libres, amplias, no sujetas a un sistema.  Es innegable el entusiasmo del pensador alemán ante aquella relación Dios-Naturaleza que lo llevará al concepto panteísta tan significativo en el Fausto, por ejemplo. 

            Además, como esta obra formó parte integral de la evolución del pensamiento goetheano, no resulta tan sencillo identificar con exactitud dichos conceptos.  El genio de Goethe no pensaba igual al trabajar en el Urfaust en 1775, que cuando se entregó de lleno a concluir la primera parte del Fausto en 1806.  Han pasado muchos años entre un momento y otro y el marcado entusiasmo por Spinoza, manifestado en aquellas pláticas con Jacobi, irá cambiando.

            Será parte de las múltiples variaciones del hombre que inaugura desde el Sturm und Drang el planteamiento romántico y que en 1831, al concluir la Segunda parte de Fausto, pertenece ya a una cosmovisión neoclásica compartida por los hombres del grupo de Weimar.  En este grupo, precisamente, aparece incluido el discípulo de Kant, Schiller, que tan significativo fue en la última etapa de la vida de Goethe.

            Por lo tanto, lo que realmente le atrae de la Ética es la impresión moral que allí recoge:

Mi confianza en Espinosa reposaba sobre el efecto apacible que él producía en mí... La calma de Espinosa lo aplacaba todo en mí... Yo sentía al leerlo como un hálito de paz.[11]

            En relación con esta afirmación de Goethe, Caró comenta:

Se desprenden, en efecto, de la doctrina espinosista consejos de resignación altiva, una especie de estoicismo que tiene su austeridad y su grandeza.  Goethe era particularmente sensible a aquella influencia moral del sistema.[12]

            Por último, la visión personal de un Spinoza repudiado por la comunidad judía, expulsado de la sinagoga y anatematizado en términos verdaderamente crueles, pudo haber influido en la conceptualización libertaria de Fausto después de su pacto con el diablo, tanto como en la visión de éste cual un científico a quien no le importaba la opinión del mundo exterior; Fausto aislado en su gabinete de estudio, en aquellas noches interminables y pletóricas de búsquedas estériles, provoca también el recuerdo del Spinoza atacado hasta en los aspectos aparentemente más insignificantes:

Cuando no lograban encontrar mucho que censurar en su conducta, los detalles tan inofensivos como el hecho de que Spinoza acostumbrara trabajar de noche, eran suficientes para desencadenar los insultos; por lo menos uno de sus biógrafos no se puede explicar esa costumbre más que con la afirmación de que se ocupaba en "obras de las tinieblas".[13]

            La vastedad de los conocimientos de Goethe, nos obliga a recurrir a una mesurada opinión cuando hacemos referencia a las influencias de los filósofos como Spinoza.  Sabemos que no es el único, pero al mismo tiempo lo concebimos como el principal inspirador del panteísmo fáustico que será retomado en análisis posteriores.

 

                                                                                                                          GOETHE Y KANT

            Tanto Goethe como Kant son serios representantes del pensamiento alemán del siglo XVIII.  Emmanuel Kant ocupa un lugar preponderante y elabora todo un sistema filosófico y la conceptualización goetheana del universo, por momentos, parece tener puntos de contacto con dicho sistema.  Ciertamente Goethe sintió un profundo respeto por el filósofo, pero discrepó con él en numerosos aspectos que analizaremos.

            Fue por mediación del poeta Schiller que Goethe se acercó a la filosofía de Kant.

Cuando se le preguntaba hacia el fin de su vida cuál era, en su sentir, el más grande de los filósofos modernos: "Kant, respondía, he ahí, sin duda posible, el más grande.  Es aquél cuya doctrina ha penetrado más profundamente en nuestra civilización alemana".[14]

            Como herencia del renacimiento, el pensamiento de los siglos posteriores se afilió a la idea de que el hombre es un ser dualista.  El dualismo en Kant resulta aplicable a varios aspectos y es la base de su sistema.

            En Goethe, el acercamiento al pensamiento de Spinoza lo lleva hacia un monismo de la substancia; pero, no podemos descartar los planteamientos dualistas en sus enfoques, aunque no respondan exactamente a los esquemas de Kant.  Nos proponemos examinar estos conceptos en sus diferentes manifestaciones.

            El primer estudio al que se entregó la edad moderna, tiene relación con el antagonismo entre sujeto y objeto.

            No cabe duda que la expresión cartesiana: "Pienso, luego existo", condujo a otra aseveración directamente enlazada con ésta: "luego, existe también el mundo".  De esta manera comienzan a proponerse las distintas interpretaciones del universo.  Surgen las concepciones materialistas y espiritualistas que ahondan las distancias.  Para el materialismo, el mundo corpóreo es lo único existente; para el espiritualismo, lo exterior es sólo apariencia.  Ni Goethe, ni Kant estuvieron de acuerdo en adoptar estas posiciones.  No se sintieron como pertenecientes a ninguna de ellas y Goethe afirmaba que lo mejor era permanecer en el estado filosófico de la naturaleza.

            Han de surgir así otras dos concepciones en torno al antagonismo sujeto-objeto: la de Kant y la de Goethe.

            Kant subrayará el subjetivismo de los tiempos modernos y propondrá la autonomía del yo juntamente con la irreductibilidad de éste a lo material.  Da mucha importancia a lo empírico y no niega la existencia del mundo objetivo, solamente la limita en la medida en que sostiene que el sujeto cognoscente se forma una visión del mundo objetivo a partir de sus sentidos.  Por esta razón, el filósofo sostuvo que el sujeto no puede llegar a la cosa en sí misma, pues todo conocimiento está mediatizado por la experiencia.  Por lo tanto, se señala la trascendencia del conocimiento como forma de aproximación a estas realidades concretas que ofrece el mundo.

            Goethe, en cambio, busca la unidad de la naturaleza y del espíritu dentro de su misma manifestación.  Por consiguiente, sujeto y objeto en Goethe aparecen como elementos unitarios y esto lo separa del planteamiento kantiano.

            El autor del Fausto confiesa una verdadera fe contemplativa y sostiene que en los mismos fenómenos y no fuera de ellos es en donde coinciden naturaleza y espíritu.  El sujeto que observa a la naturaleza, mediante esa profundidad del observar, podrá llegar a descubrirse a sí mismo en ella; en eso precisamente consiste su labor primordial.

            Cuando Fausto en el primer monólogo de la obra, desea insistentemente regresar a la naturaleza, lo que parece no haber entendido es que siempre perteneció a ella y su error consistió en apartarse.  Según Goethe el hombre es un ser extraño a la sociedad en que vive, pero no lo es en relación con la naturaleza.

            En lo atinente a la conceptualización de Dios, Kant concibe un Dios trascendente, una "cosa-en-sí" más allá de toda visibilidad del ser.

            Para Goethe, Dios es inmanente a la creación, es decir que resulta inherente a ella y aparece unido de un modo inseparable a su esencia, aunque racionalmente pueda distinguirse de ella.

            Si retomamos la dualidad sujeto-objeto, observamos que Goethe da respuesta al problema del lado del objeto, mientras que Kant lo hace desde el sujeto.  Es preciso aclarar que el sujeto kantiano no es aquel personalmente diferenciado, sino que se trata del sujeto supra individual que constituye el soporte del conocimiento objetivo.

            De lo anterior, observamos que la solución goetheana se presenta en el terreno metafísico, mientras que la kantiana aparece en el orden gnoseológico:

Pero filosóficamente, por el resultado concreto, es Kant el subjetivista que instala el mundo en la conciencia humana y le asigna las formas de ésta,  mientras que Goethe sólo reconoce la soberana objetividad de la existencia, dentro de la cual también el sujeto y su vida son un latido de la vida universal de la naturaleza.[15]

            Kant descubre así el mundo objetivo en el interior de nuestra conciencia, mientras que para Goethe se alternan los papeles cumplidos por lo que es interior innato en nosotros, que se encuentra necesariamente complementado por lo exterior aportado.

            En relación con el problema del conocimiento, las dos concepciones analizadas se oponen también si las sometemos a un riguroso análisis.

            Kant sólo reconocía la importancia de la experiencia e insistía en que no es posible conocer lo que es el mundo más allá de lo empírico.  Goethe, por su parte, estaba de acuerdo en que detrás de todo lo investigable existe algo no investigable; pero adoptaba una posición polémica ante lo no investigable cuando decía que podía ser adorado pasivamente.  El saber positivo tiene un límite en el que termina nuestra sabiduría, pero el hombre no debe dejarse vencer.  Fausto, en el primer monólogo, después de reconocer la imposibilidad del conocimiento total, inaugura otros caminos: el acercamiento a la naturaleza y la observación directa de los misterios de la misma por medio de la magia.  Ciertamente esto no lo convence, pero de alguna manera supera las limitantes de su genio.

            Para Kant, lo mencionado constituye el límite absoluto de nuestro conocimiento, límite que nos es impuesto por la naturaleza del mismo.  Goethe considera a la naturaleza como un libro abierto que puede llegar a ser no entendido, pero jamás lo considera incomprensible.

            A manera de conclusión en la relación de estos dos genios, recordemos la comparación desarrollada por Caró, cuando habla de las actitudes de ambos, ya viejos, ante la naturaleza:

 

                                                               No puedo definir mejor ese contraste que por la comparación de las impresiones que producían sobre uno y sobre otro, en una edad avanzada, los esplendores de la Naturaleza.[16]

            El citado autor relata que, durante el invierno de 1802, Kant no salió de su alcoba y estudio, ni una sola vez.  En la primavera lograron llevarlo hasta el jardín, pero parecía no reconocer nada. 

                                               La primavera casi no le hizo impresión.  Cuando el sol brillaba en el cielo, cuando los árboles comenzaban a florecer y sus amigos le hacían observar para distraerlo aquel despertar de la Naturaleza, decía con frialdad e indiferencia: "Es igual cada año, y siempre igual".[17]

            A la misma edad, llama la atención la vivacidad de sensaciones en Goethe.  Eckermann escribe, el miércoles 11 de abril de 1827, que había ido a la casa de Goethe para dar un paseo con él.  Era un día muy hermoso y los campos de trigo se ofrecían en todo su esplendor:

            Goethe parecía sentirlo todo con la serenidad gozosa y la juventud de la nueva primavera; pero en sus palabras respiraba la sabiduría del anciano.  Tomó la palabra así: "Lo dije siempre y lo repito, el mundo no podría subsistir si no fuera tan sencillo.  Ved, hace hoy ya miles de años que ese pobre suelo está labrado y sus fuerzas son siempre las mismas."[18]

            Como Caró señala, la expresión de Goethe es prácticamente la misma que la de Kant, pero pronunciada con muy diferente acento.  Contrastan la vitalidad del primero con la vejez fatigada del segundo.  Goethe en su edad madura continuó siendo sensible a la naturaleza, pero Kant, demasiado inmerso en su mundo, parecía haber olvidado las alegrías de ésta.

            Kant y Goethe interesan por sus aportaciones al pensamiento del siglo XVIII, es por ello que hemos considerado importante subrayar las diferencias entre ambas conceptualizaciones del mundo, al mismo tiempo que las posibles incidencias de Kant en el desarrollo de la cosmovisión goetheana.

            Nos dedicaremos a continuación al análisis, en Goethe, de temas con profunda raíz filosófica y que aparecen apoyando sus manifestaciones de pensamiento al mismo tiempo que reflejan, entre otros, la incidencia de los filósofos mencionados.

 

                                                                                      LA DOCTRINA DE LA NATURALEZA

            Hemos observado cómo la relación Dios-Naturaleza ocupa un lugar preponderante en la visión goetheana del universo.

            El hombre es concebido como parte de esa naturaleza; ha nacido para vivir en ella y apartarse constituye su máximo error.  Estas consideraciones que generalmente la literatura reclama como parte del pensamiento romántico, se circunscriben en la "religión de la naturaleza" de Spinoza y el pensamiento individual del autor del Fausto las hace suyas con una verdadera entrega y optimismo.

            Goethe compuso un himno a la Naturaleza.  El comentario de algunos versos de este poema nos permitirá abordar  con pleno valor el tema.

            Comienza diciendo:

¡Oh naturaleza que nos besas y enlazas: ni podemos

arrancarnos de tu abrazo, ni penetrar más profundamente en ti.

Sin invitarnos ni prevenirnos, nos has cogido en el círculo de tu danza y nos arrastras en tu

giro hasta que, agotados, nos desprendemos de tus brazos...[19]

En esta presentación de la naturaleza, se advierte el entusiasmo del poeta y la completa identificación con ella.  El hombre existe en la medida en que se produzca la mencionada identificación.  No es posible penetrar más profundamente en ella, porque sus misterios están velados al ser humano, pero igualmente participamos en el círculo de su danza y, en una suerte de frenesí, terminamos extenuados en sus brazos.

                               Agrega:

Vivimos en medio de ella y le somos extraños.

No deja de hablarnos, pero sin descubrir nunca

su enigma.

No cesamos de apremiarla y nunca la dominamos.

Pareciendo relacionarlo todo con los individuos

se burla de los individuos.[20]

            El hombre concebido como microcosmos, adquiere conciencia de su pequeñez en la medida en que se compara con la infinitud de la naturaleza.  Nosotros estamos en ella, pero le somos ajenos, extraños.  Este sentimiento de extrañeza anida en el corazón del hombre y lo consume.  Es un juguete en manos de la naturaleza que constantemente se comunica con él, pero no le descubre nunca la esencia de su ser.

            No hay duda que la naturaleza habla al hombre en lenguaje de signos y éste se siente cada vez menos partícipe de ella al no poder interpretar su enigma.

            La lucha constante del individuo se manifiesta como parte del querer filosófico de éste.  Busca en la naturaleza las respuestas que no ha encontrado en otras manifestaciones para terminar con el amargo convencimiento de que la empresa es tan inútil como estéril.

            Ella se burla del hombre, porque ha entendido el enorme abismo que los separa; y, más aún, se burla de aquel que en medio de su natural soberbia, se ha adjudicado el papel de intérprete de ese macrocosmos.

            También dice:

Ocupada siempre en destruir, construye sin cesar;

sus talleres son inaccesibles.

Sólo vive en sus hijos; pero ¿dónde está, pues, la madre?

Es la única artista:

ella crea los mayores contrastes;

con la materia más simple alcanza la perfección alta

sin ninguna apariencia de esfuerzo;

minuciosa, exacta y estricta, rodea de delicadeza

el rigor de su precisión...[21]

            El sentido de la acción es muy importante en la filosofía goetheana y aquí se habla de la acción universal de la naturaleza que se caracteriza por ser constante, febril y ampliamente creadora.  En el devenir de las cosas, todo responde al ciclo muerte-vida.  Por eso la naturaleza destruye al mismo tiempo que construye.

            El concepto de artista es fundamental y en la naturaleza tienen cabida hasta los máximos contrastes, porque ella se alimenta de oposiciones.

            En el desarrollo del himno, el poeta se detiene a observar el inaudito espectáculo:

Su espectáculo es siempre nuevo,

porque crea sin descanso espectadores siempre nuevos.

Su más bella invención es la vida,

y la multiplica con la muerte.

Rodea al hombre de tinieblas,

estimulándole eternamente hacia la luz.

Lo encadena pesadamente a la tierra,

lo hace perezoso y  torpe

y no cesa de excitarlo a salir de su  dependencia...[22]

            Goethe se considera un espectador en el inmenso drama del universo.  Su nostalgia por la acción resulta evidente y por eso siente admiración por la naturaleza constantemente renovada.

            Hay conceptos metafísicos de hondo valor; al decir que su más bella creación es la vida, no deja de reconocer el papel de la muerte en el fluir universal, concebida la muerte como madre de la vida, porque de ella derivan todas las cosas.

            La naturaleza es la causante de haber infundido en el ser humano la aspiración a la eternidad.  El hombre es un individuo finito que desde su misma finitud se atreve a hablar de lo infinito.  Arrebatado de las tinieblas en que se encuentra y conducido hacia la luz, se le hace comprender finalmente que él no puede adaptarse a esa luminosidad y queda solo en medio de la desazón por lo que no pudo ser.

            El autor reconoce que la naturaleza es buena y la alaba en todas sus obras.  Termina diciendo:

A ella me confío.

Que me gobierne a su guisa,

pues no puede detestar su obra.

No soy yo quien lo ha dicho todo,

lo que es verdadero y lo que es falso.

Todo sucede por culpa suya y todo redunda

en su gloria.[23]

            El hombre es parte de la creación que lleva a cabo constantemente la naturaleza.  Se adivina en las palabras del autor que naturaleza-Dios son una misma realidad; y, más aún, naturaleza-hombre-Dios resultan realidades inseparables.

            Queda expresado el concepto panteísta que el autor ha defendido permanentemente.

            En el terreno metafísico constituye ésta una caracterización de Dios que excede los esquemas de cualquier teología. Es, en última instancia, el recuerdo de Spinoza que lo guía.

 

                                                             LIMITACIÓN E IMPERFECCIÓN DE LA PALABRA

            En varias ocasiones Goethe manifestó su inconformidad en relación con el valor de la palabra.  Consideraba que ésta era un instrumento imperfecto en manos del hombre.  De nada sirve al ser humano el alcanzar la contemplación de los misterios si no puede expresarlos después, si no puede comunicarlos a los demás.

            Nos fundamentaremos en varios momentos del Fausto para analizar el presente tema.

 

                                                                                         La palabra al servicio del saber positivo

     Los largos años de vida dedicados por Fausto al estudio de las ciencias, llegaron a demostrarle la inutilidad de un saber positivo que se mueve con un tráfico inútil de palabras.  El hombre termina por sentirse realmente desvalido ante este problema, porque cuando desea establecer un acercamiento con los otros seres humanos no le es posible.  Se ve obligado a recurrir a la palabra y ésta resulta inapropiada, limitada, estéril.

            El problema de la transmisión del conocimiento es lo que preocupa al científico.  Por eso en el primer monólogo de la tragedia, el personaje se siente desilusionado y escéptico en lo que se refiere a su contacto de años con la ciencia.

            Y si bien no lo dice expresamente, se puede leer entre líneas la profunda desazón que se apodera de él cuando comprende que su verdadero mensaje no ha llegado realmente a nadie.  Sólo ha conseguido, en sus largas temporadas como maestro, formar alumnos engreídos y arrogantes como es el caso de Wagner.  Discípulos incapaces de llegar al máximo conocimiento, el de la propia ignorancia, y que se acercan a él para pedirle la fórmula del conocimiento definitivo y total.  Estos estudiantes han recibido un mensaje parcializado y han caído en el viejo pecado de considerarse semejantes a los misterios que analizan, por el sólo hecho de haberse asomado a ellos.

            Todo lo dicho implica la idea del fracaso de este anciano doctor y conlleva la noción de una palabra avara, de una palabra que pretendió encerrar un concepto, pero que jamás lo consiguió dada la naturaleza escurridiza del mismo.

            Precisamente, en medio de este escepticismo, el doctor Fausto decide abandonar el estudio de las ciencias y se entrega a la magia.  La nueva experiencia lo conducirá también a la desazón, pero de una forma distinta.

 

                                                                                                El sentido de la palabra en la magia

            Cuando Fausto abre el libro de Nostradamus y ve el signo del macrocosmos, todo aparece muy claro ante él.

            Entregado de lleno al problema del conocimiento, y después de haber vivido la angustia de un saber inoperante, cree encontrar, en una manifestación ajena a la ciencia, todo aquello que la misma ciencia le había negado.  Nuevamente la palabra cumple un papel primordial, porque mediante ella el hombre puede conjurar las fuerzas de la naturaleza.  En términos mágicos, nombrar al objeto significa entrar en posesión de él.

            A nivel de un saber teórico, nombrar al objeto implica tan sólo comenzar a plantearse el problema, intentar un acercamiento paulatino al mismo.  En la magia, la palabra permite crear el objeto.

            Pero todo resulta igualmente efímero, porque si bien, mediante la palabra, Fausto puede llegar a la contemplación directa de todos los misterios, puede sentirse actor en el drama del universo, esto sucede tan sólo por escasos momentos.  El personaje comprenderá que no puede retener todo aquello que la magia le ha permitido contemplar cara a cara.

            Y es así que ese inmenso espectáculo resulta un efímero momento, un espejismo que el anciano doctor quisiera conservar en lo más profundo de su ser.

            La palabra lo ha llevado ante el universo infinito.  Lo ha dejado solo permitiéndole que se creyera actor y finalmente lo abisma en la sima terrible que deviene del hecho de descubrirse como un simple espectador.

            Fausto vive la experiencia mágica, se vanagloria y lleno de orgullo se cree semejante a un dios.  Pretende explicarse con palabras el misterio infinito que está presenciando, pero esto, él bien lo sabe, no es posible.

                                                                                          La palabra en el conocimiento teológico

            Cuando Fausto regresa de un paseo por la ciudad y se recluye nuevamente en su gabinete de estudio, un perro de lanas lo ha seguido hasta allí.  Con esa peculiar compañía, decide traducir el evangelio según san Juan.

            El personaje se siente muy bien a pesar de las duros momentos por los que ha tenido que pasar.  Resurge en él el amor a los hombres y se acerca a la palabra de Dios que le será revelada mediante la lectura del evangelio de san Juan.

            Toma el original griego y se decide a traducir aquellos conceptos iniciales: "En el principio era el verbo..."  Dicha traducción revestirá el carácter de un análisis.  Fausto se detiene, no encuentra las palabras precisas.

            Sobre todo le preocupa el alcance semántico del vocablo "verbo".  Instrumenta tres modos de interpretación de este término: primero dice que el verbo era el espíritu; pero el espíritu sólo anida en el hombre y se expresa mediante la palabra.  He aquí una de las formas más comunes de traducción del término latino "verbo", es el equivalente al "logos" griego.  Sabemos que traducir a cualquiera de estos dos términos por "palabra", no sólo resulta impropio, sino que además es absolutamente insuficiente.

            El mismo Fausto lo entiende así y por eso rechaza esta primera alternativa.  En forma inmediata sustituye la palabra por la fuerza y finalmente, cambia por la acción.

            La sucesiva sustitución de los términos y la elección del último de ellos, será explicada en el análisis del "monólogo al regresar con el perro de aguas".  Ahora sólo nos interesa insistir en el rechazo de la palabra como elemento válido dentro de la conceptualización teológica del evangelio mencionado.

            Justamente en el terreno de la teología, la palabra es lo más inútil, porque se trataría, por una parte, de conformar, al plano de la sucesión temporal del discurso, hechos producidos en forma atemporal; y por otra, de reducir a simples términos gramaticales la complejidad de un problema no sólo fuera del ámbito lingüístico, sino también de la experiencia humana.

            Complementariamente, en el entorno de la tragedia de Margarita, encontramos un diálogo entre Fausto y la joven, en el cual se plantea el problema religioso; concretamente, el ahora joven doctor, formula su concepción de Dios que aparece enmarcada en el orden teológico, pero con una serie de concesiones importantes al planteamiento metafísico.[24]

            Se ofrece un serio cuestionamiento al valor de la palabra desde el momento en que Margarita pregunta a Fausto: "¿Cuál es tu religión?" (p. 89)  Fausto comprende que conceptualizar sobre la religión, lleva ineludiblemente al problema teológico; por eso trata de evitar el tema.

            Margarita ofrece endebles planteamientos dogmáticos, característicos de la pobre muchacha de pueblo para quien todo resulta tan sencillo.  Pero la pregunta directa, aquella que eludía el científico, llega por fin:  "¿Crees en Dios?" (p. 89)

            La respuesta de Fausto no es escéptica.  Por el contrario, su problema consiste en tener que restringirse a una definición, a una simple conceptualización del asunto.  Los sacerdotes y los sabios al contestar lo hacen con palabras inadecuadas, que lejos de desentrañar el misterio, únicamente lo ahondan y lo conflictúan más.

            La argumentación del personaje deriva de un convencimiento personal en torno al tema de Dios.  No profundizaremos ahora en el análisis del problema religioso propiamente dicho, porque este aspecto queda reservado para un comentario posterior.  Nos limitaremos a subrayar el problema de la palabra que queda expresado básicamente cuando Fausto concluye su disertación afirmando:

                                               Llena tu alma de él por profunda que sea; y cuando, saturada de ese sentimiento, te sientas feliz, dale entonces el nombre que quieras; llámale dicha, corazón, amor, Dios.  Lo que es yo,  no sé como debe llamársele.  El sentimiento lo es todo, el nombre es sólo humo que nos vela la celeste llama. (p. 90)[25]

            El hombre debe buscar la felicidad por sobre todas las cosas y cuando la encuentre, lo que menos importa es el nombre de quien otorga esta dicha.  El carácter referencial de la palabra sólo es trascendente para quien no está seguro de lo que realmente quiere y de lo que auténticamente posee ya.  La palabra no tiene significación unívoca fuera del contexto del discurso.

            Por eso Fausto reconoce que él todavía no ha dado nombre a Dios.  El sentimiento es lo que importa.  Y por último afirma: "El nombre es sólo humo que nos vela la celeste llama".

                                                                                                                  La palabra en el discurso

            El tema de la oratoria será introducido por Wagner en el primer diálogo que sostiene con su maestro en el desarrollo de la tragedia.

            Resulta evidente que todo orador desea conmover a su auditorio mediante el empleo de bellas palabras.  Este concepto tradicional de la oratoria es manejado por el fámulo de Fausto.

            El anciano doctor pretende hacerle entender que de nada sirven las palabras si no van acompañadas por la expresión de la esencia del pensamiento mismo.  Le dice:

Aspirad tan sólo a un éxito modesto, sin imitar nunca a los bufones, que agitan incesantemente sus cascabeles; para manifestar la razón y el buen sentido no se necesita tanto artificio; además, si es importante lo que habéis de decir, ¿qué necesidad tenéis de ir a la caza de palabras?  Sí, vuestros discursos, tan brillantes, en los cuales introducís a placer las tonterías de los hombres, son estériles como el nebuloso viento de otoño que gime entre las hojas secas. (p. 19)

            El hombre se vale del lenguaje articulado, pero no es ésta la única forma de comunicación con que cuenta; aparentemente resulta la más perfecta, pero Goethe, en cambio, sostiene que no es así.

            La palabra en el discurso sólo cumplirá con su finalidad cuando se la emplee desprovista de todo adorno y atendiendo a la expresión clara de un pensamiento.  Por ello, aunque es necesario buscar los términos exactos, para Goethe jamás será válido el discurso que derive de una previa cacería de palabras.

            No podemos dejar de citar a los hombres que se valen constantemente del discurso para convencer a sus interlocutores; son los doctores, maestros, clérigos y monjes que menciona Fausto en su primer monólogo.  Cada uno de ellos resulta censurado por Goethe, quien reprueba el que vivan seguros de la significación de la palabra y aseveren que todo fenómeno resulta totalmente comprensible en la medida en que lo consideren factible de ser explicado por ésta.

            Pero no termina ahí la crítica, pues tanto o más graves resultan las consecuencias derivadas de las doctrinas de estos falsos sabios, pues engañan a todos los que creen en ellos, los inducen a severas equivocaciones.

            El hombre verdaderamente sabio, duda de todo, inclusive  de su propio lenguaje articulado.  Reconoce en la palabra un vehículo de comunicación, pero simultáneamente descubre los peligros que conlleva un manejo gratuito de ésta.

            Para concluir el tema relativo a la palabra dentro del discurso, nos referiremos a dos momentos en los que el autor insiste en la prácticamente nula significación de la misma.

            Cuando Fausto descubre con curiosidad que el propio diablo se ha introducido en su gabinete de estudio, lo primero que le pregunta es su nombre.  Mefistófeles se burla y contesta:

Muy pueril me parece la pregunta, sobre todo, para quien desprecia tanto las palabras y que en su desprecio por las apariencias sólo desea conocer la esencia de los seres. (p. 36)

De haberlo conocido en ese momento, el nombre de Mefistófeles no le hubiera dicho nada.  Fausto está confundido.  Olvida la esencia y afinca su curiosidad en la apariencia, de ahí devienen los conceptos burlones de Mefistófeles.

Pero, en segundo lugar, cuando se lleva a cabo el pacto con el diablo, los papeles en torno al tema analizado aparecen invertidos.  Mefistófeles quiere que el doctor firme un contrato y Fausto es ahora quien habla de la inutilidad de las palabras.

¿Crees que en medio de la tempestad que agita y hace retemblar al mundo sobre sus cimientos, pueda nunca obligarme una palabra escrita? [...]  ¡Dichoso aquel que conserva pura la fe en su seno!  Éste nunca hallará costoso ningún sacrificio. Pero un pergamino escrito y sellado es un fantasma del que todo el mundo se asusta; y, sin embargo, la palabra expira al transmitirla la pluma, no quedando más autoridad que la de la cera y el pergamino. (pp. 43-44)

            Queda expresado así, a través del análisis, el valor relativo de la palabra.  Es ésta una discusión de carácter filosófico que habrá de ocupar un lugar preponderante en las manifestaciones del romanticismo y de la cual se continuará hablando en los siglos XIX y XX.

            El genio de Goethe había descubierto un nuevo enfoque del problema y lo analizaba con un alto sentido crítico.

                                                                                                                    EL SABER POSITIVO

            El problema del conocimiento es enfocado por Goethe desde una perspectiva escéptica, pero con prescindencia de aquel pesimismo amargo de los primeros representantes de esta escuela.  Goethe es un hombre lleno de la alegría de vivir; dinámico e incansable; no puede tolerar los límites que el saber positivo le impone y por eso pretende encontrar nuevos caminos cuando la ciencia se le niega.

            Llama la atención, en el orden del análisis, la forma en que Goethe se refiere a ciencias muy específicas.  Desde el primer monólogo sabemos que el personaje se queja por el vacío que le han provocado la filosofía, la jurisprudencia, la medicina y la teología.  En el comentario correspondiente a este monólogo, nos detendremos en la relación que existe entre estas ciencias y la ponderación que el autor hace de ellas.  Ahora sólo queremos relacionar este pasaje con la escena en que Mefistófeles dialoga con un estudiante haciéndose pasar por el doctor Fausto.

            Las ciencias indicadas aquí, son las mismas del primer monólogo.  Sólo se altera, en parte, el orden de presentación.

            La filosofía aparece representada por la lógica y la metafísica.  La jurisprudencia menospreciada en su alcance y sus propios fines.  La teología concebida como un mero instrumento para actuar sobre las conciencias y, por último, la medicina es justificada, pues parece conservar un cierto prestigio.

            Es evidente que la desazón y el escepticismo son constantes en este enfoque.  Subsiste siempre el cuestionamiento primordial:

            ¿De qué sirve la ciencia si no es capaz de hacer felices a los hombres?

            Como conclusión al presente capítulo, recordemos que Goethe enfrenta al hombre y al universo, y que lo hace en términos aristotélicos al confrontar las ideas de micro y macrocosmos.

            El hombre es el pequeño universo, el orgulloso poder que se atreve a mirar de frente al macrocosmos, al gran universo.  Y, de acuerdo con la conceptualización monista ya señalada, todo tiende a una identificación de microcosmos y macrocosmos.

 

           



    [1] Cfr., como muestra, la bibliohemerografía de esta investigación.

    [2] Trabajamos este término en su acepción griega: creación; por lo cual no está limitado al género lírico, sino que se extiende a toda escritura estética, artística.

    [3] Edme-M Caró, La filosofía de Goethe, La España Moderna, Madrid, ca. 1903, p. 41.

    [4] Carlos Gebhardt, Spinoza, Losada, Buenos Aires, 1940, pp. 109 y 110.

    [5] Ética demostrada según el orden geométrico.

  [6] Op. cit. p. 5.

    [7] Carlos Gebhardt, op. cit., pp. 125-126.

    [8] Benedicto de Spinoza, op. cit., p. 5.

    [9] "Simpatía. (Del lat. sympathia, y éste del gr. comunidad de sentimientos)".  Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, Espasa-Calpe, Madrid, 1984, p. 1246.

    [10] Edme-M. Caró, op.cit., p. 44.

    [11] Goethe citado por Edmé-M. Caró, Ibidem, p. 52.

    [12] Idem.

    [13] Wilhelm Weischedel, Los filósofos entre bambalinas, F.C.E., México, 1990, p. 183.

    [14] Edme-M. Caró, op. cit., p. 55.

    [15] Georg Simmel, Goethe. Seguido del estudio "Kant y Goethe": para una historia de la concepción moderna del mundo, Editorial Nova, Buenos Aires, 1949, p. 275.

    [16] Edme-M. Caró, op. cit., p. 57.

    [17] Idem.

    [18] Ibidem, p. 58.

    [19] Wolfgang Goethe, "Himno a la Naturaleza", en: Gerhard Masur, Goethe; la ley de su vida, ABC, Bogotá, 1939, p. 109.

    [20] Idem.

    [21] Idem.

    [22] Ibidem, p. 110.

    [23] Idem.

    [24] Cfr. El análisis al diálogo entre Fausto y Margarita: "Segundo encuentro en el jardín de Marta.  Planteamiento del problema religioso".

    [25] Subrayado nuestro.

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