miércoles, 3 de febrero de 2016

Nacimiento de la tragedia y generalidades

LA TRAGEDIA GRIEGA

Por Luis Quintana Tejera

GENERALIDADES
Los principios de la poesía dramática arrancan como los de la lírica del siglo VI. Sus gérmenes se hallan en los cultos de las divinidades campestres, que alcanzaron valor oficial, durante la dominación de los tiranos.
     En Eleusis la veneración por Dionisos habían entrado en notable unión con los misterios de Ceres. Ambos cultos daban ocasión ya a la reflexión de la naturaleza, se halló un símbolo de la muerte y de la inmortalidad; lo segundo, porque, lo mismo la entrada de la primavera que la recolección de frutos en el otoño, daban rienda suelta al gozo y al regocijo.
     En las antiguas fiestas de Dionisos, laneas y antesterias, era costumbre disfrazarse y andar de un lado para otro, a pie o en carro, entre toda clase de gesticulaciones y chuscadas. De la unión de estos elementos del culto con los géneros ya creados de la poesía, nacieron las nuevas formas artísticas del drama: la tragedia, el drama satírico, la comedia y el mimo.

LOS COMIENZOS DE LA TRAGEDIA

La tragedia nació del ditirambo, canto del culto de Dionisos, en que se daban a conocer los casos de la vida del dios, el nacimiento maravilloso, su crianza entre las ninfas, sus peregrinaciones, persecuciones y victoria final sobre sus enemigos.
     Los coreutas campestres se vestían para ello con pieles de macho cabrío, al modo que se imaginaban a los sátiros del séquito del dios. por esto se les llamó “tragoi”, esto es, machos cabríos, y de ellos recibió aquel cantar su nombre. Con el tiempo tuvo el ditirambo, con la inserción de asuntos heroicos, un contenido más vario, no por cierto sin vencer resistencias que parte de la población ofrecía; así se convirtió en balada heroica.
     En 1896 se produjo el hallazgo en Egipto de 19 poemas casi completos. En uno de esos grupos de poemas, aparece realizada la transformación del ditirambo en balada heroica. En uno de estos cantos: “los jóvenes héroes”, que es propiamente un peán para la fiesta de Apolo Delio, refiere el poeta como el joven Teseo, en su viaje hasta Creta, se lanza al mar desde la nave del rey Minos y halla el anillo arrojado por éste a las aguas; con ello aparece por primera vez en la literatura el tema del buzo. Un paso más da el poema siguiente que también trata de Teseo, en él se presenta al rey Egeo esperando la venida de su hijo, en conversación con un ciudadano ateniente, que acaso fuese el corifeo. El ditirambo adopta así la forma de diálogo, con lo cual acerca a la tragedia. Sitúase, por lo tanto, la balada heroica, como punto intermedio entre la lírica coral y la tragedia.
     Al mismo tiempo, en el uso de las máscaras, que de antiguo se practicaba en el culto, había un elemento dramático, éste se halló muy reforzado con el narrador o actor que se opuso al coro. Este paso lo dio en el Ática Tespis. Dionisos venerado hasta entonces en Eléuteras, había obtenido, en la Atenas de Acrópolis, y con él unas nuevas fiestas, las dionisíacas mayores o ciudadanas, celebradas en el mes Elafebolión (meses de marzo y abril) bajo la dirección del arconte epónimo.
     Las leneas en cambio, que tenían lugar en el mes de Gamelión (enero y febrero), dependían del arconte basileo. La tragedia salió de su cuna, en las fiestas dionisiacas del 534, en que por primera vez se le asignó a Tespis un coro y se le señaló actor por parte del Estado. Desde entonces permaneció como elemento del culto igual que los misterios de la Edad Media alemana, representaciones de Navidad, Pasión o Pascua. El que quería tomar parte en el concurso de las fiestas, había de entregar al arconte tres tragedias y un drama satírico. Sólo se admitía a tres poetas de los cuales se premiaba a uno al final de las representaciones, según el veredicto de un colegiado de cinco jurados. Por lo demás, el triunfador oficial era el corega, éste es un acaudalado ciudadano perteneciente a la clase de los grandes contribuyentes que a sus expensas había equipado al coro: A éstas había que erigírsele un monumento conmemorativo de la victoria: se entregaba también un documento de la concesión del premio. El lugar de la representación era el teatro, primitivamente de madera, apoyado en las faldas de la colina, en el recinto de Dionisos; hasta el principio del siglo IV no fue sustituido por edificación de piedra.
     El número de los coreutas trágicos era primero de doce; después, desde Sófocles, de quince; el de los actores llega a tres, pudiendo cada uno de ellos representar varios papeles. Aparecían con máscaras y alto coturno, para aparentar mayor estatura que la ordinaria humana, y alcanzar la supuesta de los héroes. Las representaciones se verificaban por la mañana temprano. Se pagaba una cuota de entrada que en tiempo de la democracia, se sufragaba a los ciudadanos de la caja del Estado. La tragedia como género literario nace de la unión de elementos líricos y épicos; porque lo mismo las partes narrativas (relaciones de mensajeros o heraldos) que el diálogo, habían sido ya moldeados en la epopeya.
     Y como la tragedia tomaba sus asuntos generalmente de la leyenda heroica considerada como historia, se le puede llamar, con Diomedes, “representación de un destino heroico”. Pero el nuevo género poético fue, además, recipiente de un nuevo espíritu, que, en su esencia, ciertamente, se había anunciado aquí y allá anteriormente. Ya la epopeya heroica (Odisea, canto I, versos. 32 y siguientes), toca ocasionalmente el problema de la relación entre culpa y destino en la vida humana, y la meditación sobre este tema se intensificó fuertemente con el movimiento religioso del siglo VI. Este problema constituye el espíritu de la tragedia griega; pero hay que advertir que en la idea de destino no se han de comprender solamente las circunstancias externas de una existencia humana, sino ante todo el nativo carácter del héroe, según la frase de Heráclito: “la manera de pensar de los hombres es su destino...”
     Además de Tespis, de cuyas obras sólo conocemos algunos títulos, entre ellos “Panteo”, se menciona como los más antiguos trágicos del Ática a Frínico y Quérilo.

El DRAMA SATÍRICO

Conservó más fielmente que la tragedia el carácter originario de mascarada popular; nació en Flionte, en el noreste del Poloponeso, y al principio del siglo V lo transplantó a Atenas Platinas, autor asimismo de tragedias: allí se le dio lugar en el agón o contienda dionisíaca. El coro lo integraban siempre sátiros. También este genero de poesía tomó sus asuntos de los poemas heroicos, eligiendo los que especialmente invitaban a una representación bufonesca, como por ejemplo, la aventura del cíclope en La Odisea, o las travesuras del joven Hermes, referidas en el himno consagrado a este dios. A veces se utilizaban también motivos novelescos.
LA COMEDIA DÓRICA
La comedia recibe su nombre de Comos, la regocijada procesión de máscaras, que en las fiestas dionisiacas recorría las calles haciendo bromas a los transeúntes. En ella, la imagen del dios se llevaba en un carro naval (carrus navalis). Estas burlas populares hallaron forma artística por primera vez en las colonias dóricas de Sicilia, y el primer gran comediógrafo fue Epicarmo de Crasto, en el territorio de los Sicanos (550-460). Ya sus poesías muestran la vena satírica, signo característico de la legítima comedia. Compuso, de una parte, parodias míticas, con las que entroncaba en lo divino burlesco de la epopeya, y de otra, comedias típicas cuyas figuras estaban tomadas de la vida real.
     Entre las primeras está por ejemplo “La bodas de Hebe”, donde las musas son representadas como pescadoras, y Hércules como un glotón y buen catador. Entre las últimas: “El labriego”, “Los feriantes” y “La esperanza o la riqueza”, en que por primera vez aparecía la figuras del parásito. La comedia de Epicarmo muestra también un rasgo erístico: así, por ejemplo, cuando Mar y Tierra discuten cual de los dos ofrece al hombre más placeres. El coro parece quedar aún muy en segundo lugar en las comedias de Epicarmo. El diálogo se desarrollaba en trímetros yámbicos y tetrámetros trocaicos, y estaba enriquecido por profundas sentencias, como la conocida: “sé sensato y aprende a dudar, porque ésta es la médula del talento”.
EL MIMO
El creador de esta cuarta forma de la poesía dramática de los griegos fue el siracusano Sofrón, que vivió en tiempo de Jerjes. Sus poemas destinados a la recitación en la orquesta o en los banquetes, con caracterización de trajes, pero sin decoraciones, eran escenas picarescas, de gran realismo, tomadas de la vida cotidiana.
     Su contenido puede colegirse hasta cierto punto de los títulos: “El campesino”, “El pescador de atún”, “la suegra”...
     La lengua es prosa rítmica. Los mimos de Sofrón debieron ser lectura favorita de Platón, que, sin duda, los conoció en Sicilia.
EL DRAMA
LA TRAGEDIA
El día más grande de la historia de Atenas, y de la historia de Grecia, el día de la batalla de Salamina, estuvo también lleno de presagios para la tragedia ática. En él combatió Esquilo en la batalla; Sófocles, joven de 16 años, dirigía las danzas triunfales de los efebos, y Eurípides vino al mundo en las fincas de sus padres, refugiados en la isla. De esta manera se fija con exactitud esencial la relación de edad a los tres poetas, que encarnan el desarrollo de la tragedia ática.

ESQUILO (525-456)
Nacido en Eleusis, de noble familia, pertenecía aún a la generación de los combatientes de Maratón.
     Es propiamente el creador de la tragedia griega. Antes de él la tragedia, “canto del macho cabrio”, era simplemente una danza y canto combinados que se realizaban ante el altar de Dionisos y sus temas eran tomados de la mitología y la leyenda heroica. Esquilo infundió a esa tragedia primitiva la esencia de lo trágico. En ella, los personajes se enfrentan a la muerte y para poder extraer su pleno valor artístico y su belleza, la muerte debe ser afrontada y vencida por el heroísmo o alguna otra cualidad del alma humana. La muerte aparece, pues, en la tragedia como la explicación del pecado.
     Con el agregado de un segundo actor, y más delante de un tercero (en esto último precedido de Sófocles), hizo posible el verdadero diálogo, en obsequio del cual se redujeron gradualmente las partes corales, muy extensas al principio. El coro aparecía primitivamente integrado por 50 miembros; Esquilo lo redujo a doce. También fue él quien introdujo el prólogo antes del ingreso del coro. Y, lo que es más importante, derivó de la costumbre ateniense de presentar tres tragedias a un tiempo, la ley de la trilogía.
     Tomó la mayor parte de sus asuntos de la epopeya y cuando llama modestamente a sus piezas “migajas del gran banquete de Homero”, ha de entenderse que habla no sólo de La Ilíada y de La Odisea, sino también de los poemas cíclicos.
     Naturaleza profundamente piadosa, procuró la depuración de la religión, y no pudo librarse de un conflicto con la opinión dominante, por una supuesta profanación de los Misterios. Todas sus tragedias están llenas de espíritu religioso. Consciente de su especialidad personal, se sirve particularmente de los cantos corales para mostrar los puntos de vista desde los cuales quiere que sean contemplados el Universo y la vida Humana. Zeus adquiere para él la amplitud de fundamento absoluto del mundo:
Zeus es el éter, Zeus es la tierra, el cielo es Zeus;
Zeus es el mundo, y lo que está aún más alto que
el mundo...
Sin embargo, este panteísmo religioso no tiene nada que ver con la explicación jónica, que más bien rechaza; enlázase, por el contrario, con las especulaciones órficas, aunque no se halla en él rastro de la doctrina de la transmigración: Esquilo se muestra siempre griego, y permanece constantemente en el mundo ultraterreno. Médula y norma de su visión universal es la fe en la justicia del gobierno divino. El hombre, pecador y doliente, ha sido encajado en el proceso del universo no sólo mecánica, sino orgánicamente. El espíritu maldito (Alastor) no se introduce en cualquier persona, sino sólo en aquella cuya naturaleza se adapta a ella.
     Y como cada maldad engendra otras maldades, la fatal disposición se hereda a través de las generaciones. La individualidad del hombre es, en cambio, obra de la divinidad: “El no ser malo es el mayor don de Dios”.
     La idea de Alastor es tan importante que la traslada, no sin artificio, de la leyenda patria a la suerte de Jerjes. En cambio, el sufrimiento que la divinidad impone al hombre malvado ha de llevarle al conocimiento de sí mismo y a la prudencia y discreción.
     Como se ve, la tragedia de Esquilo está llena del espíritu religioso y moral. Los personajes que lleva a escena tienen carácter típico, aunque también ofrecen notas de individualización: son héroes en el pleno sentido de la palabra, y exceden grandemente de la ordinaria medida humana. A estas figuras gigantescas se adapta también el lenguaje del poeta, que es grandioso, y, como dice Aristófanes “acumulador de palabras sublimes...”, sobre todo en los cantos corales. Con esta tragedia de gran altura quiso Esquilo, que consideraba como misión divina su profesión de poeta, ser por excelencia el maestro y educador de su pueblo. Dominó cerca de medio siglo la escena ateniense.


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