martes, 26 de enero de 2016

ESQUILO COÉFORAS


Tema: “Esquilo y la intertextualidad homérica:
‘Las Coéforas’ ”
Luis Quintana Tejera

Planteamiento inicial
El problema de los préstamos literarios, de la reiteración de modelos más o menos semejantes y, de la intertextualidad, es universal. Ninguna obra puede aspirar a la originalidad; ésta, o no existe, o es muy difícil de alcanzar. Cuando leemos cualquier testimonio literario, en seguida llegan a nosotros ecos de culturas u obras anteriores. Quizás el caso más escandaloso que impactó en la mente de tantos puristas de la crítica literaria sea el de Shakespeare, quien toma el argumento de la mayoría de sus dramas de las Crónicas históricas de Holinshed y esto no va en detrimento de la grandiosidad de su producción.  En el Eclesiastés, capítulo 1, versículo 9 leemos aquella máxima tan conocida: “No hay nada nuevo bajo el sol”, máxima que a medida que se aquilatan el volumen y la calidad de la creación literaria resulta más auténtica y real.
Se le atribuye a Esquilo el haber dicho: “Mis libros son tan sólo migajas del enorme banquete homérico”. Esta afirmación sea cierta o no, refleja una incuestionable verdad: los personajes del legendario Homero aparecen nuevamente en el marco de las tragedias griegas. Es por ello que nos proponemos enfocar algunos aspectos relacionados con este tema en el contexto de “Las Coéforas”, obra del más viejo de los trágicos, maestro y compañero de Sófocles y, también en parte, de Eurípides.
Restringiremos el análisis intertextual a tres aspectos esenciales:
1. Temática y desarrollo de motivos.
2. Manejo del estilo.
3. Personajes.
La obra de Esquilo.
Temática y desarrollo de motivos.

Durante mucho tiempo se dijo que el tema de la Ilíada es la cólera de Aquiles y sus funestas consecuencias. Pienso hoy que el leitmotiv de la venganza constituye una derivación inevitable de la cólera del Pelida. La venganza se adueña del relato de esta epopeya desde las palabras iniciales del narrador y el sujeto actuante en este contexto es el terrible Aquiles. Él desquita su rencor en todo el pueblo aqueo al haber sido ofendido por Agamenón; a su vez, la derivación inevitable de este hecho será la muerte de su fiel Patroclo y, la ira del héroe, se desencadenará ahora contra el troyano Héctor.
De igual modo, en la Orestíada de Esquilo, la venganza se adueña de las dos primeras tragedias y deja oír su eco en la tercera. De este modo, en “Agamenón” la víctima es           —supuestamente al menos— Ifigenia; la vengadora, Clitemnestra; en “Las Coéforas”, la víctima es Agamenón y, el vengador, Orestes; en “Las Euménides” quien reclama la venganza son las terribles Erinias, que en su condición de vengadoras de los crímenes familiares quieren la cabeza de Orestes.
El tema de la vendetta  en estas tragedias adquiere un carácter marcadamente trágico, desde el momento en que los hechos se circunscriben en el marco de una familia. Matar no es fácil y quien lo hace se corrompe al sumergirse en su propia inmundicia. Matar a una madre es más difícil aún, aunque se posea el patético aliciente de vengar a un padre deshonrado y, también, esté de por medio la exigencia del destino que reclama la sangre de la asesina.
Muchas veces la incitación para el crimen está dada por el dinero y el poder; en este caso, la motivación radica en recuperar la imagen del padre, su honra, su areté[1]  perdido.
Ahora bien, unido al gran tema de la venganza, aparecen otros motivos que directa o indirectamente se relacionan con él. En la epopeya destacan: el sometimiento de la mujer al capricho del héroe, la amistad como sustituto de amor —Patroclo y Aquiles, Héctor y Paris—, el cumplimiento de la voluntad de Zeus, lo cual constituye un modo de remarcar el antropomorfismo de los elementos en juego y la carga fatalista que somete al hombre al capricho de la humanidad.
En la trilogía esquiliana sobresalen: la amistad fraterna entre Odiseo y Electra, el compañerismo de Orestes y Pílades, el amor materno defraudado por las acciones de la reina, la constante intervención divina que quita libertad de acción al hombre y lo sumerge en el  abismo fatal que su creencia le impone.
La obra de Esquilo.
El estilo
Todo drama constituye —en el marco de la tragedia griega— una reunión de géneros diversos; a saber, lo lírico, lo narrativo y lo dramático propiamente dicho. En este sentido, la herencia de la gran epopeya helénica es evidente y la parte narrativa que corresponde a la tragedia y que aparece en ella, permanece bastante fiel al decir homérico. Hay muchos ejemplos que hallan su fundamento en la musicalidad del verso, en el simbolismo de los elementos, en el uso de la metáfora precisa y, sobre todo, en la capacidad del decir esquiliano que refleja en todo momento la carga trágica que se comunica al público asistente de un modo cruento; no está de más recordar que la presencia en escena de las Erinias y su provocativa capacidad de intimidación, alcanzó a influir tanto en los espectadores que más allá de la función catártica que debía ejercer, llegó a generar en este mismo público una respuesta de angustia incontrolable.
Para explicar con un ejemplo detengámonos en dos discursos que tienen un parecido asombroso. El primero en el canto VI de la Ilíada cuando Héctor se despide de su esposa Andrómaca. Ella le jura su amor identificándolo con su padre ausente, con su venerable madre muerta, con sus hermanos y, sobre todo, con su condición actual de esposo floreciente.
Andrómaca dice al respecto:
“Héctor, ahora tú eres mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú mi floreciente esposo” (Homero, 1973).
El segundo de los pasajes recuperados pertenece a “Las Coéforas” en donde Electra le dice a su hermano en el momento de reconocerlo:
¡Oh blanco de mis amorosas ansias! ¡Oh esperanza llorada de un vástago que salvase la casa paterna! ¡Confía en el valor de tu brazo; tú recobrarás la herencia de tu padre!  ¡Oh dulce luz de mis ojos que tienes cuatro partes en mi corazón! Porque a ti debo llamarte mi padre; en ti recae el amor que tuve a una madre, hoy con harta razón aborrecida; en ti el amor de una hermana impíamente sacrificada, y tú fuiste siempre mi hermano fiel, el único que volverá por mi honra. ¡Que la fuerza y la justicia, junto con Zeus, soberano señor de todos los dioses, sean con nosotros! (Esquilo, 1921: 207).
Electra ve en Orestes la figura de su redentor, del redentor de su padre también. Y, en el mismo orden que el discurso homérico citado, lo identifica con su progenitor, además con la madre ya muerta para el sentimiento de ambos, con la hermana injustamente sacrificada y, por último desvela en él su condición actual de hermano fiel.
El recurso de estilo empleado consiste en una paulatina acumulación de sentimientos y de roles en donde Orestes, al igual que el lejano Héctor, se yergue como la imagen segura de quien viene a hacer efectiva la venganza. El discurso homérico citado no es de venganza, sino de profundo amor; el discurso de Electra revela la desesperada búsqueda de justicia. Ambos discursos se identifican por el recurso metafórico y por una gradación que conduce desde la imagen del padre hasta la síntesis que el presente le proporciona, pasando por la figura de la madre y de los hermanos.

La obra de Esquilo.
Personajes
Son varios los personajes que desfilan por el contexto de la trilogía, nos detendremos en aquellos que aparecen en el segundo de los dramas aludidos, que son de alguna manera sobrevivientes o redivivos que emergen del antiguo legado homérico. Pero no son iguales. Veamos las eventuales semejanzas y las severas discrepancias.

Agamenón

En “Las Coéforas” Agamenón es tan sólo un recuerdo que la muerte ha transformado en un mártir a manos de los placeres de una mujer enferma. Clitemnestra es la asesina que, al matarlo, venga a su hija Ifigenia y a muchos crímenes más que la mente afiebrada de esta mujer carga en el haber de la conciencia trágica que representa el rey de hombres.
Si recordamos al Agamenón de la Ilíada tendremos presente el carácter arrogante y las búsquedas poco ortodoxas de este monarca. Con evidente intención el narrador homérico confronta de una manera más o menos indiscutible al Pelida Aquiles y al Atrida Agamenón. En esa confrontación quien pierde más es el segundo de ellos. Es cierto que Aquiles lo acusa de cobarde y, si otros hechos no hubieran venido en su ayuda, esto bien podría no haber sido cierto, pero la desesperación del Atrida cuando lo obligan a devolver a Criseida revela con total certeza que él no es un hombre equilibrado. Cae en hybris con bastante frecuencia y su condición de guerrero no es tan buena como debería esperarse de un rey de todos. Está lejos del esquema que proporciona la sofrosine[2] y su educación, su paideia individual no reúne las características óptimas que se requieren de un personaje con la responsabilidad que él lleva sobre sus hombros.
Según Aquiles,  Agamenón sabe mantenerse lejos del combate cuando las circunstancias así lo requieren; sabe mentir para beneficio propio y cuando sacrificó a Ifigenia lo hizo guiado por su afán de poder; es verdad que Agamenón no podía dejar de hacer lo que hizo; una conciencia histórica se lo requería; si él no hubiera entregado a su hija a la muerte, el destino le habría reclamado, porque por su culpa Troya no habría caído. En la mentalidad griega las Moiras ejercen una función implacable. Del mismo modo que Orestes no puede dejar con vida a su madre, Agamenón tampoco puede hacer lo propio con la tierna Ifigenia. Son los dioses y sus leyes los que rigen el comportamiento humano.  Esto último lo decimos con el afán de determinar con mayor exactitud cuáles son los crímenes del rey de hombres que en la primera tragedia de la Orestíada lo llevan a la muerte. Queda explicado desde ya que el aniquilamiento de Ifigenia es tan sólo el pretexto de Clitemnestra para llevarlo a la muerte.
Aparentemente la concepción que Esquilo tiene de este guerrero es menos rígida que la de Homero; pero esto sólo lo es en la apariencia. El narrador homérico lo juzga como hombre y con base en la responsabilidad que debe tener en la función que la ha tocado cumplir. Esquilo va más allá, y lo ve como personaje trágico en donde su perfil homicida se dispara en diferentes direcciones. Probablemente su condición sacrílega sea la más grave y ante ésta sus otros pecados podrían pasar inadvertidos. La Moira lo ha marcado desde su nacimiento con una culpa que no era suya: los crímenes de su padre Atreo contra los hijos de Tiestes reclaman una venganza. Desde una perspectiva actual el hombre no tendría que ser genéticamente culpable; pero en el marco de la concepción trágica griega sí lo es. No podemos pasar por alto que Esquilo no lo envía a la muerte sólo por estos crímenes antiguos; si bien los ha heredado, el trágico griego no quiere manejar con tanta severidad esta situación. Pero no le pasa inadvertido que debe castigarlo y, para hacerlo con menor remordimiento artístico, lo hace acreedor de muchas transgresiones más que su hybris individual lo ha llevado a cometer.
Si los pecados se heredan, Agamenón recibe una nefasta y múltiple herencia que consiste en los pecados de su padre Atreo. Los infortunios de otros se saciarán en su propia sangre. Agamenón no muere por haber sacrificado a Ifigenia, perece por los excesos, por la multiplicad de sus faltas; no muere por haber sido “la delicia de las troyanas en Ilión”, sino por no haber honrado a los dioses del enemigo, por haberles ultrajado, robado y vituperado. No es mal padre, es —mejor aún— mal hijo. Desde su tumba Atreo le reclama la deuda eterna del hijo desertor de la casa familiar. Su egolatría lo llevó a descuidar a su pueblo en bien de una causa excesivamente personal. Su narcisismo le hizo perder contacto con la realidad. Fue un hombre incapaz de amar que puso en primer plano su lujuria; sus pasiones y la búsqueda de la gloria lo obsesionaron. Por causa de su concupiscencia poseyó a Criseida, a Briseida y a Casandra, pero lo hizo tan sólo como necesidad de autoafirmación sin ser capaz de ver en estas jóvenes troyanas los atributos que sin duda poseían. Agamenón es un impulso que lo obliga a actuar sin razonar las consecuencias. Por esto y por mucho más despertó la cólera vengadora de Clitemnestra¸ ella pudo soportarlo como marido los años que estuvo a su lado, pero no pudo incorporar su cinismo al verlo regresar con su última conquista y al expresar con arrogancia lo que debía callar. Agamenón, al cumplirse su nostos personal —el del retorno— se engaña a sí mismo al pensar que ya está todo logrado por haber alcanzado su aristía[3] individual; aún falta la integración de muchos actos inconclusos que han quedado sembrados en el pasado: alcanzar el perdón de los dioses, recuperar a sus hijos quienes habían quedado abandonados a su suerte al alejarse de Argos, entre otros.  Pero no piensa en nada de esto; sólo reflexiona acerca de las estrategias a las que deberá recurrir para retomar el gobierno de su pueblo; esto último porque ignora que la justicia de los dioses lo ha alcanzado aun antes de saberlo realmente. Agamenón no muere por haber sacrificado a Ifigenia, perece por los excesos, por la multiplicad de sus faltas; no muere por haber sido “la delicia de las troyanas en Ilión”, sino por no haber honrado a los dioses del enemigo, por haberles ultrajado, robado y vituperado. No es mal padre, es —mejor aún— mal hijo. Desde su tumba Atreo le reclama la deuda eterna del hijo desertor de la casa familiar. Su egolatría lo llevó a descuidar a su pueblo en bien de una causa excesivamente personal. Su narcisismo le hizo perder contacto con la realidad. Fue un hombre incapaz de amar que puso en primer plano su lujuria; sus pasiones y la búsqueda de la gloria lo obsesionaron. Por causa de su concupiscencia poseyó a Criseida y a Briseida y a Casandra.

Clitemnestra
“Las Coéforas”
Personajes
Clitemnestra
Es la reina con quien Agamenón engendró a sus hijos. Su comportamiento como personaje trágico ha llegado a ser satanizado por la tradición. Esto sucede por varios motivos: primero, porque es mujer y si las diferencias entre hombre y mujer en el siglo XXI son notables y los prejuicios en la valoración de ésta aún más, cuánto no lo serían en la Antigüedad en donde el macho predominaba e imponía su cosmovisión bélica de una manera dominante en donde la mujer era tan solo un apéndice del hombre: la costilla de Adán; segundo, porque es la esposa de un gran hombre y por ello tiene la obligación de elevar el nombre de éste con las acciones de cada día: no importa cuán mal se comporte el marido, su obligación es venerarlo; tercero,  porque su areté la obligaba a ser mejor cada día y, extinta genéticamente su voluntad, no podía bregar por la causa de la justicia por más obvia que ésta se ofreciera; cuarto, porque ella no se puede permitir el lujo de vivir y disfrutar mientras espera noticias alusivas a la muerte de su marido; debe honrarlo con las acciones de cada día y no manchar el lecho conyugal con la presencia ominosa de ese hombre del pasado, Egisto. Todo lo anterior cobra auténtica significación si lo observamos desde la óptica del momento histórico-literario en que se ubican los hechos; hoy en día los dos grandes males de la sociedad: el machismo y el feminismo exacerbado hablarían de la enorme injusticia que Esquilo comete con Clitemnestra al permitirle que muera asesinada por su propio hijo.
Clitemnestra comete un crimen con premeditación, determinación y alevosía; no duda un instante cuando clava el puñal en el héroe; se atreve a realizar lo que muchos troyanos no pudieron y, al mirar el cuerpo de su extinto esposo, no tiene remordimiento alguno. Su pecado no consistió en acostarse con Egisto, sino en destruir traicionando a un individuo que era ya un producto aristocrático consumado. Los dioses la han elegido, es cierto, para llevar a cabo esta función; pero en el contexto trágico de Esquilo, al escogerla la han condenado a una muerte segura, a la peor de las muertes, a su muerte a manos de su propio hijo. 
Ahora bien, Clitemnestra en la Ilíada es conocida por ser la lejana esposa del rey de hombres y por lo que el propio Agamenón dice de ella; como consecuencia, la interpretación de la figura de la reina es parcial y plagada de una enorme subjetividad. Antes de saber lo de Egisto, Agamenón hablaba mal de ella y, de este modo,  parecía presentir la traición; sabe que en su futuro la daga de Clitemnestra lo aguarda inclemente. Clitemnestra será el verdugo que cometiendo el magnicidio desatará el caos; para que todo vuelva a la normalidad se requiere la destrucción de quien se ha atrevido a perturbar desestabilizando la vida de Argos y del palacio real. 

Ifigenia
Es la sangre inocente derramada por un hombre que está tras la búsqueda de la gloria.
Orestes
Representa al hijo agraviado que se enfrenta al hecho axiológicamente controvertido de tener que matar nada menos que a su madre para vengar al padre muerto.
Electra
Es la hermana de Orestes que al querer vengar a su padre se está vengando de todas los excesos que su madre ha cometido con ella. 
Egisto
Sobreviviente del fatídico banquete de Tiestes y un tímido y cobarde vengador de los desmanes cometidos por  Atreo. Egisto no puede pensar más allá de la pasión que lo une a Clitemnestra. Ella le dio un doble motivo para ensalzar su ego: su amor y la corona de Agamenón. Si los pecados se heredan, Agamenón recibe una nefasta y múltiple herencia que consiste en los pecados de su padre Atreo. Los infortunios de otros se saciarán en su propia sangre. A no muere por haber sacrificado a Ifigenia, perece por los excesos, por la multiplicad de sus faltas; no muere por haber sido “la delicia de las troyanas en Ilión”, sino por no haber honrado a los dioses del enemigo, por haberles ultrajado, robado y vituperado. No es mal padre, es —mejor aún— mal hijo. Desde su tumba Atreo le reclama la deuda eterna del hijo desertor de la casa familiar. Su egolatría lo llevó a descuidar a su pueblo en bien de una causa excesivamente personal. Su narcisismo le hizo perder contacto con la realidad. Fue un hombre incapaz de amar que puso en primer plano su lujuria; sus pasiones y la búsqueda de la gloria lo obsesionaron. Por causa de su concupiscencia poseyó a

Electra

Es la hermana de Orestes que al querer vengar a su padre se está vengando de todas los excesos que su madre ha cometido con ella.

Egisto

Sobreviviente del fatídico banquete de Tiestes y un tímido y cobarde vengador de los desmanes cometidos por  Atreo. Egisto no puede pensar más allá de la pasión que lo une a Clitemnestra. Ella le dio un doble motivo para ensalzar su ego: su amor y la corona de Agamenón.

Ifigenia

Es la sangre inocente derramada por un hombre que está tras la búsqueda de la gloria.

Hybris, sofrosine, catarsis, aristía, locus terribilis, locus amoenus, catábasis figurada.

Paideia es el principio rector de la moral griega.
Fragmentos de las Coéforas para intercalar en el comentario

Electra aguarda algo sin saber exactamente qué es. La esperanza del retorno de Orestes llena su corazón.
Electra dice al encontrar un mechón de cabello en la tumba:

Un mar de amargura inunda y agita mi corazón. […] Abrasadas y dolorosas lágrimas se agolpan a mis ojos, y sin que las pueda contener, me caen hilo a hilo al contemplar esos cabellos. […] Cómo pueda decir yo y afirmar que esa ofrenda es del más amado de los hombres, de Orestes…, yo no lo sé y, sin embargo, me dejo acariciar de la esperanza. (205)

Orestes:

“Ya sé que aquellos que debían amarnos más son hoy nuestros mortales enemigos.” (207).

Al reconocer a su hermano Electra señala emocionada:

¡Oh blanco de mis amorosas ansias! ¡Oh esperanza llorada de un vástago que salvase la casa paterna! Confía en el valor de tu brazo; tú recobrarás la herencia de tu padre!  ¡Oh dulce luz de mis ojos que tienes cuatro partes en mi corazón! Porque a ti debo llamarte mi padre; en ti recae el amor que tuve a una madre, hoy con harta razón aborrecida; en ti el amor de una hermana impíamente sacrificada, y tú fuiste siempre mi hermano fiel, el único que volverá por mi honra. ¡Que la fuerza y la justicia, junto con Zeus, soberano señor de todos los dioses, sean con nosotros. (HENOTEÍSMO) (207).

Bibliografía
Homero, (1973). Ilíada, trad. de Luis Segalá y Estalella, Bs. As. Losada.

Esquilo (1921). Tragedias, trad. de Fernando Segundo Brieva, México, UNAM.






[1] Areté es el conjunto de virtudes que caracterizan a un personaje de la nobleza helénica.
[2] Sofrosine es equilibrio al contrario de hybris que representa los excesos del hombre.
[3] Aristía es el punto más alto de realización para un héroe. 

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